Zenón

Zenón
El problema, quizá, puede plantearse en los siguientes términos: Parménides
opera conceptualmente a partir de la dicotomía «ser»/ «no-ser»;
sin embargo, el «no-ser» queda vacío, pues sobre él no cabe afirmar absolutamente
nada, o por decirlo con mayor precisión, desde las premisas
parmenídeas sobre el «no-ser» no caben enunciar afirmaciones cognitivamente
consistentes. Ahora bien, el mundo empírico de la experiencia
presupone tanto «ser» como «no-ser», pues en él hay movimiento y pluralidad.
En consecuencia, desde la perspectiva adoptada por Parménides,
sobre este mundo no puede decirse nada cognitivamente consistente o lo
que es lo mismo: del mundo de las apariencias en el que se entremezclan
«ser» y «no-ser» sólo cabe decir que es internamente contradictorio.
Acentuar este punto fue la tarea que se impuso Zenón: sus célebres paradojas
quieren demostrar la imposibilidad de realizar afirmaciones cognitivamente
consistentes sobre el mundo de la experiencia.
Un corredor nunca llegará a la meta, pues antes de alcanzarla tendrá
que haber recorrido la mitad del camino que le separa de ella, pero antes
de llegar a la mitad de su recorrido habrá de haber alcanzado la mitad de
la mitad del camino, etc. Por la misma razón, Aquiles nunca atrapará a la
tortuga: antes de llegar a ella debería haber recorrido la mitad del camino,
y antes la mitad de la mitad, pero antes la mitad de la mitad de la mitad,
y así hasta el infinito:
Cuatro son los argumentos de Zenón acerca del movimiento que
provocan dificultades a quienes tratan de resolverlos. El primero, acerca
de que no hay movimiento porque es preciso que lo que se mueve llegue
a la mitad antes antes de llegar al final (…) El segundo argumento es
el llamado «Aquiles», y es ello que lo más lento jamás será alcanzado en
la carrera por lo más rápido, pues es forzoso que el perseguidor llegue
primero al punto del que partió el perseguido, de suerte que es forzoso
que el más lento lleve siempre alguna ventaja (A 25; A 26).
Una flecha, en su vuelo, está sin embargo en reposo, pues la flecha (en
su vuelo) siempre debe estar en un sitio y éste (sea el que sea el lugar en el
que se encuentre) es siempre el mismo, en el sentido de que tiene exactamente
el mismo tamaño que la flecha. Dado que el lugar en el que la flecha
se encuentra sólo se diferencia de aquel otro lugar en el que no está
por la presencia de la flecha, precisamente por ello, el lugar está determinado
o definido por la flecha. Pero si el lugar en el que en un momento
dado está la flecha es exactamente tan grande como la misma flecha, la
flecha no puede moverse en él. Por tanto, considerado conceptualmente
(o sea, con la mente, no con los ojos siempre engañadores) la flecha está
en reposo en la medida en que se mueve:
El tercer argumento es el de que la flecha lanzada está quieta. Sucede
así porque [Zenón] acepta que el tiempo está compuesto de instantes.
Si esto no se admite, la conclusión no valdrá (A 28).
Las dos primeras paradojas demuestran la imposibilidad de la aprehensión
cognitiva del movimiento así como de su realizabilidad física a
partir de la divisibilidad infinita del medio espacio-temporal en el que se
supone tendría que acontecer el movimiento. En la tercera paradoja está
en juego una parte de este medio que es exactamente igual de grande que
el cuerpo que se supone está en movimiento. Las dos primeras paradojas
demuestran que no hay ninguna unidad absoluta de medida, pues cualquier
medida es susceptible de empequeñecerse hasta el infinito; la tercera,
que no hay ninguna unidad relativa de medida.
Vayamos ahora a un argumento en contra de la pluralidad. Dividamos
una cosa y supongamos que lo hacemos en una parte más pequeña y otra
más grande. Cada una de estas partes debe ser a su vez o bien divisible o
bien indivisible. Si no es divisible no tiene partes y en tal caso debe ser
idéntica consigo misma y ser una unidad; pero si es así no puede tener ninguna
extensión, pues ésta sólo es posible si hay partes (por ejemplo, una
parte delantera y otra trasera) y sólo puede haberlas si la cosa no es una
unidad y no es idéntica consigo misma. Si es divisible, será infinitamente
divisible; por tanto, harán falta infinitas partes para constituir la cosa:
Si hay muchos seres, son grandes y pequeños; grandes como para
ser infinitos en tamaño, pequeños como para no tener tamaño en absoluto.
Si lo que es no tuviera tamaño no sería. Pues si se añadiera a otra
cosa no la haría mayor, ya que, al no tener tamaño alguno, no podría, al
ser añadido, hacerla crecer en tamaño y de este modo lo añadido no sería
nada. En cambio, si la otra cosa no va a ser menor en absoluto al restársele
ni va a crecer al añadírsele, es evidente que ni lo añadido ni lo
restado eran nada (B 1).
¿Qué demuestran estos argumentos? Fijémonos en su estructura: Zenón
parte de una hipótesis comúnmente aceptada y razona sobre la base
de un regressus in infinitum que pone de manifiesto que el examen de tal
hipótesis plantea problemas cuya solución contiene en sí misma y reproduce
hasta el infinito los mismos problemas. Si la verdad que la diosa comunica
a Parménides es cuanto menos sorprendente y contraintuitiva, las
opiniones de los mortales son internamente contradictorias. Zenón no demuestra
las tesis de Parménides, sino el carácter contradictorio de las tesis
negadas por Parménides. Estamos, pues, en la siguiente tesitura: son
altamente paradójicas tanto las tesis que niegan como las que afirman el
movimiento y la pluralidad.
Si un primer momento fue el de la distinción de dos planos, el de la
verdad y el de la apariencia, que abrió el camino de la ciencia, un segundo
momento fue el de intentar solucionar las innegables dificultades que
planteaba esta separación. Desde esta perspectiva podría entenderse tanto
el pensamiento de Empédocles y Anaxágoras, como el de Leucipo y Demócrito.
En cierto sentido puede decirse que el monismo físico de los Milesios
había dado como resultado el monismo ontológico de los eleatas.
Pero de esta forma, lo que era un prometedor proyecto de investigación se
convirtió en la negación ontológica de toda posibilidad de investigación:
la preocupación física y cosmológica sólo tiene cabida en la vía de la opinión,
no en la de la verdad.