Sobre la política

Sobre la política
En perfecta concordancia con la perspectiva atomista de su física, en
las reflexiones políticas de Epicuro lo primordial son los elementos individuales
y no hay una subordinación previa del individuo (ni del átomo)
a algún plan transcendente:
Lo justo según la naturaleza es un acuerdo sobre lo conveniente
para no hacerse daño unos a otros ni para sufrirlo (M.C. XXXI).
No hay nada justo al margen de los intereses concretos y utilitarios de
los elementos individuales. Ni la sociedad ni las leyes que la rigen son naturales,
sino que tienen su origen un pacto, antes del cual los hombres vivían
en un estado de salvajismo absoluto:
Los primeros hombres arrastraban la vida, vagabundos, a modo
de alimañas» (Lucrecio V, 931-932).
… eran incapaces de regirse por el bien común, no sabían gobernarse
entre ellos por ninguna ley ni costumbre. Cada cual se llevaba la presa
que el azar le ofrecía, instruido en valerse y vivir por sí mismo a su antojo
(ídem, V, 958-962).
Por miedo a la agresión mutua —continúa Lucrecio— los hombres
«empezaron unirse en amistad, deseosos de no sufrir ni hacerse mutuamente
violencias» (V, 1019-20). El fundamento de este pacto social es la
mutua conveniencia, que está en la raíz de nuestra preconcepción de la
justicia, la cual, a su vez, orienta el pacto social y el establecimiento de las
leyes, así como su eventual variación. Esta preconcepción de lo justo se
obtiene a partir de la experiencia y no es nada innato ni previo al trato comunitario.
La justicia es convencional y relativa social e históricamente.
Antes del pacto no hay justicia en sentido estricto: la experiencia enseña
la necesidad de buscar el provecho común; cuando se repite múltiples veces
este dato de experiencia (la mutua conveniencia) da lugar a la preconcepción
de la justicia, que, a su vez, se orienta al pacto. Y una vez que
hay pacto puede haber justicia en sentido estricto.
De este planteamiento general se derivan varias consecuencias. En
primer lugar, que el hombre no es social por naturaleza, sino por conveniencia.
Por tanto, la polis es una realidad artificial y relativa: el sabio no
acata las leyes de su ciudad por deber o respeto, sino exclusivamente en
función de la conveniencia general. El sabio epicúreo no desea intervenir
en política, pues ello supondría arriesgarse a perder la ataraxia y a llenarse
de dolor y turbación.
La reflexión política clásica pretendía ir más allá de las simples propuestas
morales, en la medida en que señalaba que era imposible moralizar
sin crear a la vez las instituciones adecuadas para encauzar las propuestas
morales. Es, pues, imposible una teoría moral sin una praxis de la
justicia”. Sin embargo, esta filosofía se enfrentó con una aporía entre la
perspectiva ética que apunta a la felicidad del individuo y los cauces políticos
que la hacen posible y la consolidan. Ni Platón ni Aristóteles fueron
capaces de solucionar esta dificultad. Epicuro se da cuenta de que las teorías
de sus antecesores estaban llenas de restos mitológicos y nostalgias
de idílicas edades donde no había escasez, de ideologías adecuadas a
una clase social ociosa, de nacionalismos anacrónicos (griegos y bárbaros)
que Alejandro ya había diluido, de idealizaciones de una justicia, una
sabiduría, una belleza, que estaban más allá de donde los seres humanos
podían verlas, sentirlas e intuirlas. Se trata, pues, de una perspectiva
que constantemente mira al más allá. Pero Epicuro se sitúa radicalmente
en el más acá, donde sólo hay cuerpos que gozan o sufren y desde este
dato inmediato articula tanto la ética como la política.
En la quiebra histórica de la polis asi como en la inestabilidad de las
formas políticas que la sucedieron, Epicuro creyó encontrar una comprobación
histórica y real de la validez de las conclusiones individualistas
y apolíticas que se derivaban necesariamente de su física y de su ética. En
esta situación, el sabio epicúreo se retira al Jardín a vivir entre los amigos
y a estudiar la filosofía de «aquel hombre de genio tan grande, de cuyos
labios verídicos fluyó toda sabiduría». Continúa Lucrecio:
Pues cuando vio que casi todo lo necesario al sustento está ya aquí al
alcance de los mortales, y que su existencia está, en lo que cabe, a resguardo
del peligro; que los hombres, poderosos en gloria y honores, nadaban
en riquezas y eran exaltados por la fama de sus hijos, y que, sin
embargo, en su intimidad, cada uno sentía su corazón presa de una angustia
que, a despecho del ánimo, atormentaba su vida sin pausa ninguna
y les forzaba a alterarse en quejas amargas, comprendió entonces
que todo el mal venía del vaso mismo, y por culpa de éste se corrompía
en su interior todo lo que desde fuera se aportaba, incluso los bienes; en
parte, porque lo veía roto y agrietado, y no podía colmarse jamás por
ningún medio; en parte, porque infectaba con su repugnante sabor todo
lo que su interior recibía. Así, pues, con sus palabras de verdad limpió los
corazones, fijó un término a la ambición y al temor, expuso en qué consiste
el sumo bien al que todos tendemos y nos mostró el camino, el atajo
más breve y directo que nos puede conducir a él (VI, 9 ss.).
Cfr. E. Lledó, op. cit., pp. 139 y ss.