Los placeres
La ética de Epicuro es hedonista; por hedonismo hay que entender
aquella doctrina ética que afirma: 1) que el placer es el comienzo, fundamento,
culminación y término de una vida feliz; 2) que la consecución
del placer y la evitación de su contrario, el dolor, guía elecciones y rechazos;
3) que no hay otro objetivo transcendente: el placer es el protón
agathón, el sumun bonum de los latinos; 4) que la propia naturaleza de
los seres animados fija este criterio básico de conducta. Aristipo de Cirene
y Eudoxo de Cnido ya habían defendido estas tesis, y Platón y Aristóteles
les habían puesto una serie de objeciones que Epicuro no puede
ignorar.
Desde un punto de vista epistemológico los cirenaicos defienden un
subjetivismo y un fenomenalismo radical7. No podemos decir nada sobre
las cosas en sí mismas, pero hay algo de lo que sí podemos estar completamente
seguros, a saber, de cómo somos afectados por ellas. Las afecciones
(pathé) son para cada cual absolutamente evidentes: es totalmente
cierto que unas cosas nos proporcionan placer y otras dolor. Placer y dolor
son criterios epistemológicos de verdad. Pero este criterio no es común
a todos los hombres, lo son las palabras «placer» y «dolor» con las
que se designa el efecto de determinadas sensaciones, pero las mismas
sensaciones son estrictamente privadas: el placer y el dolor subjetivos y
particulares quedan de este modo convertidos en criterios epistemológicos.
Si las sensaciones de placer y dolor constituyen el único saber real,
sólo ellas podrán ser pauta para nuestro obrar y no obrar. El placer es telos,
como lo confirma el hecho de que los niños, naturalmente, antes de
ser maleados por la cultura y la sociedad, buscan involuntariamente obtener
placer y evitar el dolor.
Aristipo distingue tres estados: de placer (que es un movimiento suave
comparable al de un barco con viento favorable), de dolor (un movimiento
brusco como el del mar agitado por una tempestad) y neutro
(que es como la serenidad del mar). Placer es el positivo: en movimiento.
La ausencia de dolor no constituye placer, pues éste sería el estado de un
durmiente o de un muerto, no el de un hombre feliz. Aristipo da preeminencia
a los placeres de los sentidos, pues los placeres corporales son más
fuertemente sentidos. Por otra parte, placer es el placer presente, pues
sólo él es nuestro; los pasados han perecido y del futuro nada sabemos
con seguridad: el recuerdo del pasado y la espera del futuro aún no son
placer. Sólo cabe aferrarse al presente y gozarlo intensamente, pues el
placer es fin natural y sólo el presente nos pertenece realmente.
De esta concepción del placer como algo estrictamente individual y limitado
temporalmente al presente se sigue que todo placer es en sí un
bien, sin importar la acción de donde proceda, así como que la bondad y
la maldad son relativas a su capacidad para proporcionar placeres: no hay
diferencia por naturaleza entre bien y mal, sino debida a la tradición y a
la costumbre. En medio de este hedonismo desenfrenado irrumpe, sin
embargo, un elemento socrático: sería doloroso cambiar mínimos placeres
por grandes dolores. La phrónesis realiza esta balance placer/dolor:
hay que aferrarse al presente y gozarlo, pero inteligentemente. La inteli-
7 Sobre los cirenaicos: Filósofos cínicos y cirenaicos. Antología comentada, prólogo, noticias
previas, selección, traducción y notas de Eduardo Acosta Méndez, Barcelona, Circulo
de lectores, 1997.
gencia para evitar toda cosa dolorosa y para gozar de todo placer posible
es la virtud del sabio.
Diógenes Laercio (II, 86-90) resume del siguiente modo las tesis fundamentales
de los cirenaicos, estableciendo a la vez las diferencias frente
al hedonismo de Epicuro:
Así pues, los que se mantienen fíeles a la enseñanza de Aristipo,
también llamados cirenaicos, mantienen las opiniones siguientes: admiten
dos sentimientos básicos (páthe): el placer y el dolor; el placer
como movimiento suave y el dolor como movimiento áspero. Y un placer
no aventaja a otro, ni uno es más dulce que otro. El placer es agradable
a todos los seres vivos; el dolor, aborrecible. Pero se refieren al
placer del cuerpo, que es precisamente el fin último (…) no al placer estable,
el que sigue a la eliminación de los dolores, que es como ausencia
de perturbación, que Epicuro admite y que dice que es el fin último (…).
La garantía de que el placer es el fin último es el hecho de que desde niños
estamos habituados a perseguirlo y una vez que lo hemos obtenido
ya no buscamos más, y del mismo modo evitamos el dolor como su contrario
(…). En cambio, la supresión del dolor, según es aceptada por
Epicuro, no les parece que sea placer. Ni tampoco la ausencia de placer,
dolor. Pues el uno y el otro consisten en un movimiento, y no son movimiento
la falta de dolor ni la ausencia de placer, ya que la ausencia de
dolor es un estado como el del durmiente (…). Sin embargo, tampoco
admiten que se obtenga placer por el recuerdo de los bienes pasados o
por la expectativa de ellos, como defiende Epicuro.
Frente a las tesis hedonistas extremas, Epicuro admite los placeres en
movimiento (cinéticos) y en reposo (catastemáticos), y tanto en el alma
como en el cuerpo. Más aún, el placer supremo no es una agitación de la
sensibilidad, sino el catastemático que, como estado físico y psíquico, se
opone al sentir dolor. Frente a este no sentir dolor, que es el placer máximo
y lo que marca la magnitud de los placeres, los placeres cinéticos no
acrecientan el disfrute, sino que «lo diversifican» o «colorean»:
No se acrece el placer en la carne una vez que se ha extirpado el dolor
por alguna carencia, sino que tan sólo se colorea (M.C. XVIII).
De acuerdo con Epicuro no hay más que dos afecciones o sentimientos
básicos, ya que el no sentir dolor es el límite máximo del placer. Se
niega de esta forma la posibilidad de un estado intermedio, neutro, entre
placer y dolor, así como la existencia de placeres mixtos, mezcla de placer
y de dolor:
Epicuro no consideró que hubiera un estado intermedio entre el dolor
y el placer, porque para lo que algunos filósofos es un estado Ínter
medio, en cuanto mera ausencia de dolor, no sólo es placer, sino placer
máximo (Cicerón De Finibus I, 11, 37).
Si «el límite de la magnitud de los placeres es la abolición de todo sufrimiento
» (M.C. III), cuando Epicuro afirma que el placer es telos no se
refiere s
… a los placeres de los disolutos ni a los que se dan en las juergas,
como algunos por ignorancia creen o porque no están de acuerdo o interpretan
mal, sino a la ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en
el alma. Pues ni banquetes ni francachelas continuas, ni juergas con
muchachos y mujeres, ni el pescado y todo cuanto puede ofrecer una
suntuosa mesa, engendran una vida feliz, sino el cálculo juicioso (logismós)
que investiga los motivos de cada elección o rechazo y elimina
las opiniones por las cuales una fuerte agitación se apodera del alma
{Carta a Meneceo 131-132).
Entendido de esta manera el placer es natural y su misma naturalidad
determina que no sea ilimitado, como pretendían los cirenaicos; la naturaleza
ha fijado los límites naturales del placer, así como la facilidad
para alcanzarlo, pues —de acuerdo con Epicuro— es fácil recuperar el
equilibrio físico y eliminar lo negativo y lo superfluo.
Los placeres básicos son los de la carne; básicos en sentido estricto,
como condición de posibilidad: «principio y raíz de todo bien es el placer
del vientre» (frg. 409 Us.). Hedoné tés gastrós: en tanto que el dolor gástrico
provocado por la carencia de alimentos o por otra causa física impide
cualquier otro tipo de placer. Sin embargo, y de nuevo frente a lo cirenaicos,
Epicuro considera más graves lo dolores y mayores los placeres
del alma que los del cuerpo: en primer lugar, porque el cuerpo sólo goza
y sufre en el presente, mientras que el alma sufre y goza en el presente, el
pasado y el futuro (D. L. X, 137). Por otra parte, mientras que los dolores
surgidos de carencias físicas reales son fáciles de eliminar, los dolores y
las penas nacidas de las vanas opiniones son infinitos, y las perturbaciones
causadas por una vana opinión afectan tanto al alma como a los deseos
del cuerpo, por lo que conviene cuidarse mucho más de la disposición
buena de la mente que de la del cuerpo, sin negar que éste presenta
unas urgencias o requisitos previos. Finalmente, la mente tiene un cierto
poder para contrarrestar el dolor físico.
La distinción entre placeres del cuerpo y del alma es coherente con la
física de Epicuro en tanto que el agregado de átomos que forma el alma
es distinto del que forma el cuerpo. Sin embargo, la coherencia materialista
y sensualista se resiente al afirmar la superioridad de los placeres del
alma Y queda totalmente rota cuando Epicuro sostiene que esta superioridad
no es sólo cuantitativa, sino también cualitativa, pues como dice la
Máxima Capital XVIII, ya citada:
… el límite del placer de la mente viene dado por la reflexión sobre
aquellas mismas cosas y las de la misma índole que provocan en la inteligencia
los temores más grandes.
Epicuro privilegia los átomos que constituyen la parte racional
del alma al punto de, a diferencia de los restantes, no poder ser calificados
con un nombre preciso, introduciéndose subrepticiamente de
este modo una diferencia cualitativa que atenta contra la afirmación
ontológica básica de que los átomos sólo se diferencian cuantitativamente.
Del mismo modo, el placer propio de esta parte del alma se privilegia
hasta el extremo de convertirse, en el límite, en cualitativamente
distinto de los placeres corporales. Epicuro sólo puede superar
el hedonismo cirenaico al precio de traicionar sus propios fundamentos
ontológicos.
De hecho, el hedonismo de Epicuro se presenta atravesado por un elemento
racional: la phrónesis, virtud encargada de realizar el cálculo de los
placeres, se convierte en punto central de la ética epicúrea:
Con este objetivo hacemos todas las cosas: para no sufrir ni dolor ni
turbación. Cuando esto se ha conseguido, se disipa toda tribulación
del alma, puesto que el ser viviente ya no tiene que ir en pos de nada
más que le falte ni buscar otra cosa con que colmar el bien del alma y
del cuerpo. Precisamente tenemos necesidad de placer cuando sufrimos
porque no está presente, pero cuando no sufrimos ya no necesitamos
placer. De ahí que afírmenlos que el placer es principio y fin de una vida
feliz. En efecto, nosotros sabemos que es un bien primario y congénito,
es el punto de partida para cualquier elección y rechazo, corremos a su
encuentro enjuiciando todo bien según la norma del sentimiento. Y
dado que un bien como éste es primario y connatural, por esto mismo
no elegimos cualquier placer, sino que, en ocasiones, cuando de ello se
sigue para nosotros el desasosiego, renunciamos a muchos placeres. Y
consideramos muchos dolores como superiores a los placeres, cuando el
placer que se sigue, después de soportado largo tiempo el dolor, es mayor
para nosotros. Entonces, todo placer, por su propia naturaleza, es
un bien; sin embargo, no cualquiera es elegible; del mismo modo, el dolor
siempre es un mal, pero no siempre por sí mismo ha de evitarse. Por
tanto, conviene determinar todas estas cosas con el cálculo y la consideración
de las ventajas y desventajas, pues nos servimos del bien, en algunas
circunstancias, como de un mal, y viceversa, del mal como de un
bien (Carta a Meneceo 128-130).
La phrónesis es la virtud fundamental que guía en la elección de los
placeres. Los placeres pueden ser de tres clases: no naturales (que producen
mayores dolores y cuya causa son las vanas opiniones) y naturales,
que a su vez pueden ser no necesarios (cuya causa reside en la propia naturaleza
de los seres vivos) o necesarios, que son aquellos directamente
relacionados con la conservación de la vida del individuo, que tienen
una urgencia inmediata y requieren satisfacción bajo pena de dolor, pero
que son fáciles de obtener.
Reboso de placer cuando dispongo de pan y agua. Y escupo a los
placeres del lujo, no por ellos mismos, sino por las molestias que los
acompañan luego (írg. 181 Us.).
Epicuro considera naturales y necesarios los placeres que liberan
del dolor, como la bebida en caso de sed; naturales pero no necesarios
aquellos que sólo colorean el placer, sin eliminar el dolor, como alimentos
exquisitos; ni naturales ni necesarios, como las coronas y la
erección de estatuas (M.C. XXIX).
El epicureismo se resuelve finalmente en una frugal ascética de la voluntad,
en una renuncia a todo lo irracional o arriesgado. Asumiendo esa
función terapéutica tan característica del helenismo la filosofía enseña a
saber desprenderse de los deseos superfluos. Por un sendero marginal,
Epicuro desemboca en uno de los ejes de la ética griega tradicional: el encomio
de la templanza y la moderación. No porque tales virtudes se busquen
por sí mismas, sino porque coinciden su práctica y el cálculo utilitario.
La templanza y la moderación reducen los deseos a un mínimo
esencial sobre el que cabe un perfecto control al margen de la fortuna. Su
satisface así el ideal de autarquía en el que reside la máxima riqueza y felicidad:
Si quieres hacer rico a Pitocles, no aumentes sus dineros, sino limita
sus deseos (frg. 135 Us.).
Los placeres
Published on Abril 17, 2008
in Grecia y el helenismo.
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