Los atomistas

Los atomistas
La filiación parmenídea del atomismo también resulta evidente. Los
atomistas aceptan que existe el ser con las características ya señaladas
por Parménides, pero añaden que tal ser «no es uno, sino múltiple en
cantidad, mas son seres invisibles por la pequenez de su masa» (67 B).
Estos «seres invisibles», cada uno de ellos con las mismas características
que el ser de Parménides, esto es, los átomos, «se desplazan en el vacío
—pues hay vacío— y su combinación produce la generación y su disolución,
la corrupción» (ídem). El ser se identifica con los átomos (i. e.: los
átomos «son») y junto a los átomos (fuera de ellos) se admite la existencia
del vacío como hipótesis lógica necesaria para explicar el movimiento.
Los atomistas concilian de esta forma las tesis de Parménides con lo
que muestran los sentidos, a saber: que existe el movimiento y la pluralidad.
El atomismo primitivo no surge de consideraciones físicas, sino lógicas
y metafísicas. Meliso de Samos había intentado defender a Parménides
argumentando que «si hubiera seres múltiples» tendrían que ser
como el Uno eleata. Sin embargo, y en contra de los intereses intelectuales
de Meliso, en ese mismo razonamiento se encuentra prefigurado implícitamente
el paso que posteriormente darán los atomistas:
Este razonamiento es, pues, la máxima prueba de que sólo hay
uno. Pero también son pruebas las siguientes: si en efecto hubiera muchos
seres, es preciso que esos muchos fueran tales como afirmo que es
lo uno. Pues, si hay tierra, agua, aire, fuego, hierro y oro, y si una cosa
está viva y otra muerta, y si una cosa es negra y otra blanca, y todo lo
demás que los hombres aseguran que es verdadero; si en efecto hay tales
cosas y nosotros vemos y oímos correctamente, es necesario que
cada cosa sea precisamente tal como a lo primero nos pareció y que no
cambie ni se vuelva distinta, sino que cada cosa sea siempre precisamente
como es. Ahora bien, aseguramos que vemos, oímos y comprendemos
perfectamente, pero nos parece que lo caliente se torna frío y lo
frío caliente; lo duro, blando, y lo blando, duro; y que lo vivo muere y
que nace de lo que estaba vivo; que todas estas cosas se alteran y que en
nada se asemejan lo que eran y lo que ahora son, sino que el hierro, con
todo lo duro que es, se desgasta por el dedo al que confina, así como el
oro, la piedra y cualquier otra cosa que parezca ser resistente; y que la
tierra y la piedra proceden del agua, de suerte que lo que ocurre es
que ni vemos ni conocemos las cosas que son. Pues bien, estas afirmaciones
no concuerdan entre sí, ya que a nosotros, que aseguramos que
hay muchas cosas eternas, dotadas de forma y solidez, nos parece, por
lo que vemos en cada ocasión, que todas ellas se alteran y se transforman.
Por tanto, es evidente que ni vemos correctamente ni es cierto el
parecer de que aquellas cosas son múltiples. Pues no se transformarían
si fueran verdaderas, sino que serían precisamente tal como cada una
nos parecía, ya que no hay nada más poderoso que el verdadero ser. Y si
se transforman, es que lo que es ha perecido y que lo que no es ha llegado
a ser. Así, pues, si hubiera seres múltiples, éstos habrían de ser
precisamente como lo uno (Meliso, 8 B).
Los argumentos de Meliso en contra de la pluralidad consiguen en realidad
lo contrario de lo que pretendían: los atomistas, en efecto, aceptaron
que hay «seres múltiples», los átomos, cada uno de los cuales con las
características del Uno parmenídeo; la materia es uniforme y a la vez
múltiple. AJ igual que el «ser» de Parménides el espacio es eterna e inmodificablemente
aquello que es, a saber, vacío. En otro sentido, sin
embargo, puede decirse que el vacío es no-ser, pues no es aquello que determina
y caracteriza a lo que es (los átomos): forma, dureza, extensión y
movimiento. Ahora bien, como no es posible ni la multiplicidad ni el
movimiento sin el vacío, hay que elaborar una teoría consistente que
admita tanto el ser como el vacío. Tal fue la tarea en la que se embarcaron
los atomistas.
Los atomistas postularon un espacio infinito y vacío en el que hay infinitos
átomos que se mueven caóticamente a través de él; por otra parte,
también admiten que hay infinitas o al menos innumerables formas posibles
y reales de átomos, cada una de las cuales con diferente peso y tamaño:
Leucipo y su compañero Demócrito dicen que los elementos son lo
lleno y lo vacío —llamando a lo uno ser y a lo otro no ser—, y que de éstos
lo uno es lleno y sólido, el ser, y lo otro vacío y sutil, el no ser, por lo
que dicen que el ser no es más real que que el no ser, porque tampoco el
vacío lo es menos que el cuerpo. Así mismo dicen que éstas son las causas
de los seres, a modo de su materia. Y así como los que consideran
única la sustancia subyacente generan las demás cosas de sus cualidades,
postulando lo sutil y lo denso como principios de las cualidades, de
igual modo dicen éstos que las causas de las demás cosas son las diferencias
entre aquéllos. Dicen que éstas son tres: figura, disposición y posición,
pues aseguran que el ser difiere sólo por la «configuración», el
«contacto» y la «orientación». De estas diferencias, la «configuración»
es la figura, el «contacto» es la disposición y la «orientación» es la posición.
Difiere, en efecto, la A de la N en figura, AN de NA en disposición,
Z de N en posición (Aristóteles, Mtf. 985 b 4 = A 6).
Demócrito designa al espacio con los siguientes nombres: «vacío»,
«nada», «infinito», y a cada una de las sustancias «algo», «compacto» y
«ser». Cree que son seres tan pequeños que escapan a nuestros sentidos,
pero se dan en ellos formas de todas clases, figuras de todas clases y diferencias
de tamaño. Así, pues, a partir de éstos, como a partir de elementos,
genera y agrega volúmenes visibles y perceptibles. Colisionan y
se desplazan en el vacío de acuerdo con su desigualdad y las demás diferencias
señaladas, y en su desplazamiento, bien chocan, bien se entrelazan
en una trabazón tal que tocan uno con otro y producen una estrecha
vecindad entre ellos, si bien no generan a partir de ellos en
realidad una sola naturaleza de ninguna especie —pues es una ingenuidad
que dos o más cosas puedan realmente dar lugar a una sola de
alguna manera—. Considera las causas de que los seres permanezcan
unidos unos con otros hasta un cierto momento, los enlaces y enganches
entre los cuerpos. Y es que unos átomos son torcidos, otros ganchudos,
otros cóncavos, otros convexos y los demás presentan innúmeras
diferencias. Cree, por tanto, que se mantienen unidos unos a otros y
permanecen vinculados hasta que la presencia de una necesidad más
poderosa procedente de los circundante los sacude y los desemina a
cada uno por un lado (Simplicio, Acerca del cielo, 295.1 = A 37).
Y a partir de estos pocos elementos, el espacio vacío y los átomos, elaboran
una cosmogonía en la tradición jonia.
En una zona del espacio infinito y vacío se encuentran por azar un
número relativamente alto de átomos, de suerte que se forma una especie
de atasco en virtud de las relaciones e interacciones de los átomos que
han chocado entre sí; los átomos «se enganchan» mutuamente. Dado
este primer amontonamiento es más sencillo que otros átomos colisionen
de manera igualmente fortuita con aquella primera agrupación, que de
esta forma se hace más grande y gana en movimiento, pues los átomos
que dan en ella transmiten su impulso a la masa global en formación. Los
átomos ya integrados en esta masa siguen en movimiento: chocan entre
sí, vibran, se mueven a gran velocidad en los pequeños espacios vacíos
que hay dentro de la masa. Como resultado de estos procesos puramente
azarosos, el amontamiento caótico de átomos comienza a moverse en una
dirección: surge un remolino; ahora bien, nace por sí mismo, lo cual, dentro
del contexto de atomismo, quiere decir: por causas mecánicas (y no
porque lo ponga en movimiento una causa inteligente externa, como era
el caso del nous de Anaxágoras).
El remolino cósmico tiene un origen mecánico y necesario y genera
consecuencias igualmente mecánicas y necesarias, pues en virtud de su
movimiento de rotación los átomos más grandes, más pesados y por tanto
menos susceptibles de movimiento van a parar al centro del remolino,
mientras que los más pequeños y ligeros acaban en su periferia. Surge así
nuestro kosmos empírico y al igual que él, y por idénticas razones, cabe
suponer que en el espacio infinito pueden haber surgido en otros lugares
otros mundos diferentes del nuestro. Hay infinitos mundos que pueden
colisionar entre sí; cuando esto sucede desaparecen, es decir, no mueren
por sí mismos, sino por la acción mecánica de un cuerpo material externo.
Y así sucesivamente: no sólo hay infinitos mundos, sino que se trata
de un proceso continuo.
Las cosas particulares se explican de la misma manera, por combinación
de átomos: las cosas nacen cuando se juntan átomos y mueren
cuando se separan («El hombre —afirma el fragmento B 34— es un
mundo en miniatura»). Al igual que en Empédocles y Anaxágoras sólo
hay nacer y perecer en sentido relativo, como unión y disgregación de
agrupaciones, en el caso de Leucipo y Demócrito, uniones y disgregaciones
de átomos. El alma es de igual modo un conjunto de átomos esféricos
particularmente sutiles cuya forma les hace capaces de mover a
los demás átomos (el alma es principio de movimiento) y de pasar a través
de todo sin «engancharse». Las sensaciones se explican por contacto:
si lo único que hay son átomos y vacío la vista y la audición serán
simplemente el impacto de algo exterior sobre los órganos de los sentidos.
De acuerdo con los atomistas lo cualitativo son meras apariencias,
mientras que la verdadera realidad es de naturaleza cuantitativa: la verdadera
realidad está por debajo de las apariencias, y en el caso de Leucipo
y Demócrito la metáfora espacial hay que tomarla en sentido estricto: las
diferencias cualitativas se reducen a diferencias cuantitativas. Las palabras
comunes y cotidianas, por tanto, no expresan el verdadero ser de las
cosas, pues decimos que éstas tienen un color u otro, o que son don dulces
o amargas, pero en realidad sólo hay átomos y vacío:
Por convención, el color; por convención, lo dulce; por convención,
lo amargo; pero en realidad átomos y vacío (B 125).
La historia de la filosofía presocrática es en alguna medida la de las
diversas formas que adopta la «cesura metafísica» entre, por una parte,
una verdadera realidad y, por otra, una realidad sólo aparente. Con tal cesura
—como apunta W.Wieland10— se asocia la suposición de que hay un
verdadero ser de las cosas constituido de forma diferente a lo que nos
atestigua la experiencia cotidiana y habitual de las cosas. Y a esta «cesura
metafísica» en las cosas corresponde una «cesura epistemológica» por
parte del sujeto cognoscente, pues la distinción entre un mundo real y
otro apariencia] exige una diferenciación análoga por parte del sujeto que
vive en el mundo y desea conocerlo: si el mundo en el que vive el ser humano
no es el verdadero, habrá entonces que suponer la existencia de una
peculiar capacidad cognoscitiva caracterizada precisamente por poder
penetrar en la verdadera realidad, que se oculta tras las apariencias e irrealidades
en las que viven la mayoría de los seres humanos (i. e., los no-filósofos).
Entender la historia de la filosofía presocrática desde esta perspectiva
de la doble cesura, metafísica y epistemológica, puede ser interesante y
clarificador siempre que se proceda con la debida cautela hermenéutica,
pues los conceptos que permiten establecer con rigor tal punto de vista
datan de la época clásica (Platón, Aristóteles), y así surge la pregunta de si
no estaremos leyendo a los presocráticos con ojos lastrados platónica y
aristotélicamente. No es este el momento de entrar en esta cuestión, si
bien ya hemos hecho alguna alusión a ella y quizá volvamos a hacer alguna
otra.
10 Cfr. Geschichte der Philosophie in Text und Darstellung, Bd. 1: Antike, «Einleitung», Reclam,
Stuttgart 1978, p. 9.
En cualquier caso, está fuera de dudas que la cesura metafísica y
epistemológica exige una cesura lingüística; la historia de la filosofía es la
historia de un lenguaje que se va sofisticando progresivamente, pues los
nuevos problemas que los filósofos descubren (y, en primer lugar, la
misma autoconciencia de la posibilidad de la filosofía como actividad humana)
exigen la acuñación de una terminología filosófica que se separa
del lenguaje cotidiano. La cosa que dice el filósofo no es la misma que
dice el hombre de la calle, pues este último habla de cosas y de cosas en
movimiento, pero no de «átomos», «vacío», «elementos»… Y así se nos
vuelve a plantear con nuevas fuerzas la cuestión de si las palabras, en tanto
que surgidas y enraizadas en el mundo de la cotidianidad que sin embargo
abandonan en el momento en el que se convierten en «palabras filosóficas
», llevan o no llevan a la verdadera realidad.