LAS CAUSAS Y EL CAMBIO

LAS CAUSAS Y EL CAMBIO
En Física II, 3 se distinguen cuatro causas: 1) La causa formal: la forma
de las cosas; por ejemplo: la causa formal de la casa son sus planos.
2) La causa material o materia, que es aquello de lo que están hechas las
cosas y a lo que vuelven cuando se destruyen: «Así, por ejemplo, el bronce
es causa de la estatua y la plata lo es de la copa». 3) La causa eficiente,
el agente o motor del cambio, o sea, aquello de lo que proviene el cambio
y el reposo y la generación y la corrupción; por ejemplo: el padre es la
causa eficiente del hijo, la voluntad es causa eficiente de múltiples acciones
de los hombres. 4) La causa final o fin, que constituye el fin de las cosas
y acciones en vista de lo que o en función de lo que toda cosa es o deviene
y esto, dice Aristóteles, es el bien de la cosa en cuestión; por
ejemplo: la causa final de la medicina es la salud (el bien de la medicina
es la salud). En la explicación científica intervienen las cuatro causas:
… siendo cuatro las causas es quehacer y oficio del físico el conocerlas
todas. Y debe explicar el por qué de las cosas de una manera conforme
a la física, refiriendo este por qué a todas las causas dichas; es decir: a la
materia, a la forma, al agente del cambio y al fin {Fís. 198 a 21-25).
De aquí que sólo haya conocimiento científico en sentido estricto de
las cosas físicas (las que están sometidas al cambio), pues de ellas tiene
sentido preguntar por sus causas. Del nivel metafisico no hay ciencia, porque
la metafísica estudia las condiciones de posibilidad del conocimiento
científico y lo hace desde cuatro puntos de vista: etiológico, ontológico, de
teoría de la sustancia y teológico. En estos momentos interesa la primera
de estas perspectivas, pues aunque estamos en el nivel físico (el de las cosas
que cambian) no importa en sí mismo, sino en sus condiciones de posibilidad.
Y hecha esta precisión vayamos al problema del cambio, pues
en él están implicados las cuatro causas.
Cualquier cosa producida es un compuesto de materia y de forma:
No de toda cosa hay materia, sino de aquellas que vienen generadas
y cambian las unas en las otras. Por el contrario, las que no padecen
ningún cambio, sino que son o no son, de ellas no hay materia (Mtf.
1044 b 27-29).
Aristóteles distingue entre las sustancias sensibles (las cosas producidas
por el cambio y que padecen el cambio) y lo que es o no es, la materia,
condición de todo cambio (como sustrato suyo), pero no producto de
él. Que la materia no sea producto del cambio no quiere decir que no
cambie, sino que es «imperecedera e ingénita»:
Y ella [la materia] en un sentido perece y llega a ser, pero en otro
no. Pues concebida como «aquello en-lo-que», perece por sí misma
(porque lo que perece, la privación, está en ella); pero concebida como
en potencia no perece por sí, sino que es necesariamente imperecedera
e ingénita (Fís. 192 a 25-28).
En todo cambio hay algo que se transforma (la forma) y algo que permanece
(el sustrato): el cambio es el proceso por el cual el sustrato se desprende
de una forma y adquiere otra. La forma es el determinante del
cambio, mientras que la materia es lo determinado en él. Por ejemplo, si
tenemos una esfera de bronce hay que presuponer la preexistencia de la
materia (el bronce) y de la forma esférica, pues si el cambio es la adquisición
de una nueva forma ¿cómo podría existir si no estuviera dada de
alguna manera la forma a la que, precisamente, se cambia? Se produce la
unión de materia y forma, no la forma; en tal caso «¿existe acaso, entonces,
una esfera fuera de las esferas sensibles o existe una casa fuera de las
casas de ladrillos?» (Mtf. 1033 b 6-9), es decir, ¿existen las ideas platónicas?
Según Aristóteles no, pues si la forma fuera una entidad separada no
podría encontrarse en una pluralidad de objetos particulares y en tal
caso sería inexplicable el cambio, que consiste precisamente en la adquisición
de una forma. La situación es paradójica, pues la forma preexiste,
mas no tiene realidad fuera de los objetos de los que es forma.
La forma preexiste, en efecto, pero en el agente del cambio. El proceso
del cambio puede caracterizarse como el paso de la potencia al acto;
por ejemplo: la plata está en potencia de ser copa y la potencia se actualiza
cuando la materia (la plata) recibe la forma (copa). Y precisamente el
papel del agente consiste en procurar la forma: la forma preexiste en el
sujeto que actúa como agente.
Algo más arriba citaba el siguiente texto de la Física:
… siendo cuatro las causas es quehacer y oficio del físico conocerlas todas.
Y debe explicar el por qué de las cosas de una manera conforme a
la física, refiriendo este por qué a todas las causas dichas; es decir, a la
materia, a la forma, al agente y al fin.
El pasaje continúa del siguiente modo:
Pero hay tres, sobre todo, que confluyen en una, pues la forma y el
fin son la misma cosa.
Hay tres causas que guardan unidad. Pensemos en el ejemplo de la
casa: su causa material son los ladrillos, su causa eficiente el arquitecto,
su causa formal los planos de la casa que preexisten en la mente del arquitecto,
y su causa final también son los planos, pero ahora en tanto que,
por así decirlo, tiran del hacer del arquitecto. Ello indica que en el proceso
de producción el agente tiene dos momentos: en la concepción mental
parte del principio y de la forma, en la producción del término final de
la concepción, pero en ambos casos del plano de la casa. Detengámonos
ahora en la explicación aristotélica de la causa final:
En último lugar, la causa se entiende en el sentido del fin, es decir,
aquello con miras a lo cual; en este sentido, la salud es causa del paseo.
En efecto ¿por qué se pasea? Diremos que por la salud, y por medio de
esta respuesta creemos haber dado la causa. Del mismo modo, todo lo
que es intermediario entre una causa eficiente y el fin [toda la serie de
los medios], por ejemplo, esos medios de lograr la salud que consisten en
el enflaquecimiento, la purga, las medicinas, los instrumentos terapéuticos,
son otros tantos medios con miras al fin (Fís. 194 b 33-195 a 2).
Entre la causa eficiente y la causa final se encuentran los medios, pero
¿qué es anterior, la causa eficiente o la final? Por una parte, la final,
pues puede decirse que paseamos «con miras a» conseguir la salud; por
otra, Aristóteles invierte la relación: «la salud es causa del paseo». El fin
es la forma presente en la mente del agente y que es el término inicial de
la reflexión que descubre los medios. Si se atiende a la producción lo primero
es el agente, pero si se mira a la reflexión que descubre los medios,
el fin es anterior: el mismo proceso pero invertido, lo cual indica que las
explicaciones en términos del factor explicativo eficiente y en términos
del factor explicativo final son intercambiables. Si el factor explicativo
formal coincide con el final y si éste es intercambiable con el eficiente,
hay tres causas que guardan unidad. El análisis aristotélico de la causalidad
se reduce en último extremo a dos aspectos: el pasivo, constituido
por la materia, y el activo, constituido por el agente, la forma y el fin. Por
tanto, algo será conocido científicamente cuando se conozcan sus dos aspectos,
pasivo y activo.
Como más adelante veremos con algo de detalle, los procesos de cambio
implican un substrato permanente y un par de cualidades contrarias,
mas de suerte que la presencia de una de estas cualidades en el substrato
requiere la ausencia actual de la otra cualidad, pero su presencia potencial.
La privación de una cualidad dada coincide con la presencia potencial de
esta misma cualidad: de este modo explica Aristóteles la generación de una
cosa existente a partir del ser y del no-ser, solucionando de paso las dificultades
del eleatismo, que toman pie en el desconocimiento del sentido
relativo del no-ser: Parménides desconoce el no-ser accidental, de acuerdó
con Aristóteles equivalente a la privación (Cfr. Física 191a 23-b 34).
Sea, por ejemplo, el siguiente proceso de cambio: un hombre iletrado
se convierte en letrado. Aristóteles señala que para describir correctamente
los procesos de cambio (y en consecuencia para evitar las paradojas
del eleatismo) el sujeto del cambio debe entenderse, en primer lugar,
como lo que era, es y será, antes, en y después del cambio, esto es,
como «hombre»; y ello aun cuando no sea falso describirlo como no
siendo lo que devendrá, esto es, como «no letrado». En segundo lugar,
como deviniendo lo que no es, es decir, como «letrado»; y ello aunque
tampoco sea falso sostener que deviene lo que ya es, o sea, «hombre».
Aristóteles explica que «el iletrado» no es una realidad diferente del
«hombre», de forma que cuando aparece «el letrado» sucede algo nuevo.
Pues aunque esto es cierto en algún sentido, esta novedad no puede entenderse
como la emergencia de una cosa nueva, sino que lo nuevo que
sucede es una propiedad de una cosa: cantidad, cualidad, relación o
cualquiera de las otras figuras categoriales (con la excepción, obvia es la
precisión, de la sustancia o entidad). Dicho de otro modo, la posibilidad
(física) del cambio y del devenir depende de la distinción (metafísica) entre
cosas y propiedades que no son cosas, esto es, entre sustancia y accidentes.