La superación de los temores

La superación de los temores
A pesar de estas consideraciones, Epicuro reconoce que aún existen
cuatro cosas que nos atormentan: el tiempo que devora los placeres, el
dolor que puede sobrevenir en cualquier instante; la espera de la muerte
y el temor a los dioses que nos angustian. Con respecto al primero de estos
temores señala Epicuro:
El tiempo infinito y el finito contienen el mismo placer, si es que los
límites de éste vienen calculados por la reflexión (M.C. XIX).
Desde un punto de vista cualitativo el asunto es comprensible, pues
una duración finita o infinita no cambia la cualidad, pero ¿qué sucede
desde un punto de vista cuantitativo? El límite del placer es la ausencia
del dolor: en la medida en que hemos tocado fondo, pues no sentimos dolor,
no podemos ir más allá, ni intensivamente ni en el tiempo. La misma
naturaleza del placer (catastemático) impone esta conclusión, pues este
placer, cuando sea, donde sea y como sea, es pleno y total, tiene validez
absoluta y, por consiguiente, es infinito. El núcleo del argumento está en
que la razón determina el límite del placer, que los sentidos corporales
conciben como infinitos: la razón enseña que el limite del placer está en
la ausencia de dolor, comprende que no crece por encima de aquí y lo
consolida eliminando del ánimo todo cuanto pueda perturbarlo, es decir,
el temor al dolor, a la muerte y a los dioses. Los placeres verdaderos no
son aditivos.
Con respecto al temor al dolor, Epicuro consuela señalando su relatividad.
Si es del cuerpo y no es grave, no sobrepasa la buena disposición
del ánimo; si es grave pasa pronto y si es gravísimo conduce a la muerte
que es, en cualquier caso, un estado de insensibilidad. Los dolores del
alma son producto del temor, de las vanas opiniones y los errores. Su remedio
reside en el estudio y la reflexión sobre aquella filosofía que disipa
el temor y las vanas opiniones, la del mismo Epicuro.
El temor a la muerte nace de la angustia por la disolución del yo y la
pérdida de la vida y por el temor a los castigos8. Frente a esta angustia,
Epicuro argumenta que la muerte no es nada, pues todo bien y todo mal
toman pie en la sensación y la muerte es privación de los sentidos. La
muerte no tiene realidad, pues cuando existimos no está presente y cuando
está presente no existimos:
Acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros.
Porque todo bien y mal reside en la sensación, y la muerte es privación
del sentir. Por lo tanto, el recto conocimiento de que nada es para nosotros
la muerte hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no
porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de
la inmortalidad. Nada hay, pues, temible en el vivir para quien ha comprendido
rectamente que nada temible hay en el no vivir. (Carta a Meneceo,
124).
Epicuro concluye que no nos atemoriza la muerte en sí misma, sino
su expectativa. Sin embargo, «es necio quien dice que teme a la muerte.
8 Sobre la muerte en Epicuro, cfr., S. Rosenbaum, «How to Be Dead and Not Care: A Defense
of Epicurus», en American Philosophical Quarterly, 21, 1986.
no porque le angustiará al presentarse, sino porque le angustia esperarla.
Pues lo que al presentarse no causa perturbación vanamente afligirá,
mientras se aguarda» (ídem). En resumen:
Así que el más espantoso de los males nada es para nosotros, puesto
que, mientras somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte
se presenta, entonces no existimos. En nada afecta, pues, ni a los vivos
ni a los muertos, porque para aquéllos no está y éstos ya no son […]. El
sabio, en cambio, ni rehusa la vida ni teme el no vivir. Porque no le
abruma el vivir, ni considera que sea algún mal el no vivir (Carta a Meneceo,
125).
El deseo de eternidad es absurdo y no hay que temer los castigos de
ultratumba pues el alma es corporal y material y no sobrevive a la muerte
(a la disolución del compuesto atómico cuerpo y alma).
Lucrecio introduce interesantes matizaciones9. En primer lugar, señala
que un suceso sólo puede ser bueno o malo para alguien si en el momento
en que acontece ese alguien existe como sujeto de posible experiencia,
de modo que pueda tener experiencia de tal suceso. Cuando una
persona muere ya no existe como sujeto de posible experiencia. Así pues,
la condición de estar muerta no es mala para esa persona. Ahora bien, es
irracional temer a un suceso futuro a menos que este suceso, cuando venga,
sea malo para uno. Por tanto, es irracional temer a la muerte:
; Nada es, pues, la muerte y en nada nos afecta, ya que entendemos
que es mortal la sustancia del alma […] así, cuando ya no existamos,
consumado el divorcio del cuerpo y del alma, cuya trabazón forma
nuestra individualidad, nada podrá sin duda acaecemos, ya que no
existiremos, ni mover nuestros sentidos, nada, aunque la tierra se confunda
con el mar y el mar con el cielo (III, 830 ss.).
El temor a los dioses nace de una falsa opinión acerca de ellos10. Si el
hombre puede alcanzar la felicidad, señala Epicuro, también lo pueden
los dioses. La felicidad de los dioses reside en lo mismo que la de los
hombres: en el placer entendido como ausencia de turbación en el alma.
Para no ser turbado el hombre «vive ocultamente»; lo mismo vale para los
dioses: es absurdo pensar que las divinidades se molesten en gobernar el
mundo o en intervenir en los asuntos humanos, pues ello sería contrario
9 Cfr. Nussbaum, op. cit., pp. 201 y ss.
10 Sobre la religiosidad de Epicuro cfr. J. A. Festugiere, Epicuro y sus dioses, Buenos Aires,
Eudeba, 1972. Tb. K, Kleve, Gnosis Theon. Die Lehre der natürlichen Gotteserkenntnis in
der epikurischen Theologie, Oslo, Sumbolae Osloenses, Suplemento XIX, 1963. D. Lemke, Die
Thelogie Epikurs. Versuch einer Rekonstruktion (Zetemata 57), München, Beck, 1973.
a la perfecta serenidad que constituye el fondo de su beatitud. La primera
Máxima capital advierte:
La plenitud e incorruptibilidad de un ser implica no sólo estar libre
de preocupaciones, sino el no causárselas a otro. Nada le dicen, pues, ni
las iras ni las benevolencias. Todo esto son cosas de débiles.
En la Carta a Heródoto (76-78) se aplica este argumento a los dioses:
En cuanto a los fenómenos celestes, respecto al movimiento de
translación, solsticios, eclipses, orto y ocaso de los astros, y fenómenos
semejantes, hay que pensar que no suceden por obra de algún ser que
los distribuya o los ordene ahora o vaya a ordenarlos, y que a la vez posea
la beatitud perfecta, unidad a la inmortalidad. Porque ocupaciones,
preocupaciones, cóleras y agradecimientos no armonizan con la beatitud,
sino que se originan en la debilidad, el temor y la necesidad de socorro
de los vecinos.
Las mismas consideraciones valen para la religión astral (Timeo 42 a
3 ss.), que pretendía satisfacer las exigencias del pensamiento científico y
las necesidades del alma religiosa. Pero para Epicuro la religión astral no
es más válida que la religión tradicional griega, pues inspira los mismos
temores. Al igual que las antiguas divinidades, estos nuevos dioses astrales
están dotados de voluntad propia, cuyos decretos inflexibles imponen
a los hombres un yugo más insoportable que los caprichos de los Olímpicos.
Las religión astral se cubría con el prestigio de la ciencia; era suficiente,
entonces, con mostrar que esta ciencia era falsa, que los pretendidos
dioses-astros no tenían nada de divinos, ya que son una masa
aglomerada de fuego. El texto antes citado de la Carta a Meneceo continúa
del siguiente modo:
Ni tampoco que, siendo masas de fuego concentrado, posean a la
vez la beatitud para disponer a su antojo tales movimientos. Por el
contrario, hay que conservar toda la dignidad de cada uno de los calificativos,
al aplicarlos a tales representaciones, para que no surjan de
ellos opiniones contrarias a su dignidad. De no hacerlo así, la contraposición
misma engendrará la mayor confusión en nuestras almas. De
ahí que conviene admitir la opinión de que esa regularidad y ese movimiento
periódico se realizan de acuerdo con las implicaciones originarias
de los mismos compuestos orgánicos, desde el origen del universo.
Es más, debemos pensar que es tarea propia de la ciencia física el investigar
con precisión la causa de los fenómenos más importantes, y que
precisamente de eso depende nuestra felicidad: de cómo sean las naturalezas
que observamos de esos objetos celestes y de cuánto contribuyan
a la exactitud de este conocimiento.