LA IDEA DE BIEN Y LOS GRADOS DEL SABER
En República 476 a Platón distingue entre dos clases de personas:
los filósofos, que afirman la existencia tanto de las Ideas como de las cosas
sensibles y distinguen claramente entre unas y otras; y las personas
«aficionadas a las audiciones y espectáculos», que no admiten las Ideas.
El estado mental de la primera clase de personas se denomina noesis (co-
nocimiento, ciencia…), mientras que el de las segundas es doxa (opinión):
—Pues quiénes son entonces —preguntéverdaderos?
• los que llamas filósofos
—Los que gustan de contemplar la verdad —respondí.
- ( . . . ) •
—Por este motivo —continué— he de distinguir de un lado los que
tú ahora mencionabas, aficionados a los espectáculos y a las artes y
hombres de acción, y de otro, éstos de que ahora hablábamos, únicos
que rectamente podríamos llamar filósofos.
—¿Qué quieres decir con ello? —preguntó.
—Que los aficionados a audiciones y espectáculos —dije yo— gustan
de las buenas voces, colores y formas y de todas las cosas elaboradas
con estos elementos; pero que su mente es incapaz de ver y gustar la naturaleza
de lo bello en sí mismo. -,•
•—Así es, de cierto —dijo.
—Y aquellos que son capaces de dirigirse a lo bello en sí y de contemplarlo
tal cual es, ¿no son en verdad escasos?
—Ciertamente.
—El que cree, pues, en las cosas bellas, pero no en la belleza misma,
ni es capaz tampoco, si alguien le guía, de seguirle hasta el conocimiento
de ella, ¿te parece que vive en ensueño o despierto? Fíjate bien:
¿qué otra cosa es ensoñar, sino el que uno, sea dormido o en vela, no
tome lo que es semejante como tal semejanza de su semejante, sino
como aquello mismo a que se asemeja?
—Yo, por lo menos —replicó—, diría que está ensoñando el que eso
hace.
—¿Y qué? ¿El que, al contrario que éstos, entiende que hay algo bello
en sí mismo y puede llegar a percibirlo, así como también las cosas
que participan de esta belleza, sin tomar a estas cosas participantes
por aquello de que participan, ni a esto por aquéllas, te parece que este
tal vive en vela o en sueño?
—Bien en vela —contestó.
—¿Así pues, el pensamiento de éste diremos rectamente que es saber
de quien conoce, y el del otro, parecer de quien opina?
—Exacto.
(Rep. 474 e-476 d)
Tras esta distinción se encuentran tres textos interrelacionados entre
sí en los que Platón se ocupa de la teoría de las Ideas: la comparación entre
el Sol y la Idea de Bien (504 e-509 c), el pasaje de la línea dividida (509
c-511c) y el símil de la caverna (514 a-518 b).
El primero de ellos comienza con una declaración de Sócrates: las definiciones
tradicionales de las virtudes son insuficientes, pues la justicia
y las demás virtudes han de considerarse a la luz de «algo mayor»: la
Idea de Bien. Por ejemplo: no puede saberse qué es la justicia a menos
que se sepa en qué sentido es «buena» (participa de la Idea de Bien). Por
tanto, la justicia depende de la Idea de Bien. A continuación se le pide a
Sócrates que defina esta fundamental Idea. Pero al sentirse incapaz de
hacerlo directamente acude a una comparación con el Sol, que es —afirma—
un vastago del Bien y lo que más se le asemeja, puesto que la función
que cumple respecto del mundo sensible, la satisface la Idea de
Bien respecto del mundo inteligible. Gracias al Sol vemos las cosas sensibles,
en un doble sentido: en tanto que su luz las ilumina y en tanto que
incide sobre nuestra retina; lo mismo ocurre con la Idea de Bien respecto
del mundo inteligible: lo ilumina e ilumina a la vez nuestro «ojo del
alma». La Idea de Bien es fuente de conocimiento y de cognoscibilidad,
manantial de toda verdad y de toda ciencia. Por otra parte, gracias al Sol
las cosas sensibles son; el Sol no sólo aporta a lo que se ve la propiedad
de ser visto, sino también la génesis, el crecimiento y la nutrición. De
igual modo, el mundo inteligible es gracias a la Idea de Bien. El Bien
—Sol del mundo eidético— hace que las realidades inteligibles sean y
sean cognoscibles.
En el símil de la caverna se encuentran ulteriores precisiones sobre la
Idea de Bien (cfr. Rep. 517 a-c). La caverna en la que están encerrados los
prisioneros representa al mundo sensible, y el fuego al Sol (del mundo
sensible). El ascenso hacia el exterior es como el camino del alma hacia el
ámbito inteligible. Lo último que se percibe en este camino, y con dificultad,
es el Sol (del mundo eidético): la Idea de Bien que es causa de todas
las cosas bellas y justas.
El pasaje de la línea complementa y aclara los dos anteriores al introducir
grados del saber. Imaginemos una línea dividida en dos secciones
desiguales, cada una de las cuales vuelve a dividirse en otras dos
subsecciones, pero de tal forma que la primera subsección sea a la segunda
como la tercera a la cuarta, y como la primera sección es a la
segunda:
Tenemos cuatro subsecciones: ‘A-D’, las imágenes y sombras y que
proyectan los objetos del mundo sensible en el agua o en los espejos y que
se corresponde con las sombras y reflejos de la caverna (Platón habla de
eikasía, conjetura). ‘D-C es el mundo sensible: «los animales que viven en
nuestro derredor, así como todo lo que crece, y también el género integro
de cosas fabricadas por el hombre»; se corresponde con las vasijas y estatuas
de la caverna (Platón habla depistis, creencia). La sección ‘A-C representa
el reino de lo visible, donde cabe opinión (doxa), pero no ciencia:
todavía estamos dentro de la caverna. Pasemos ahora a la sección ‘C-B’,
que comprende las dos subsecciones de lo cognoscible:
Por un lado, en la primera de ellas [C-E], el alma, sirviéndose de las
cosas imitadas como si fueran imágenes, se ve forzada a indagar a partir
de supuestos, marchando no hasta un principio sino hacia una conclusión.
Para conocer las cosas el alma va de la hipótesis a la conclusión; esta
subsección se corresponde con las sombras y reflejos que producen las
cosas del mundo exterior (Platón habla de dianoia, pensamiento discursivo).
En la subsección ‘E-B’, por el contrario, el alma va de una hipótesis
a un principio no hipotético. Estamos ya en las cosas del mundo exterior
(Platón habla de nous, inteligencia). La subsección ‘C-E’ es la de las matemáticas,
pues el matemático «indaga a partir de supuestos», supone
como algo absolutamente verdadero y obvio, por ejemplo, que hay números
pares e impares o que hay tres clases de ángulos, etc., pero no le interesa
la naturaleza última del número o del espacio, sino averiguar las
conclusiones que se siguen de tales supuestos. A quién sí le interesa la naturaleza
última de las cosas (y no sólo de las matemáticas) es al filósofo.
Se entra de este modo en la cuarta subsección: ‘E-B’, donde se estudia sin
recurrir a imágenes sensibles y no se avanza de las hipótesis a las conclusiones,
sino que se retrocede desde las hipótesis hasta un único principio
no hipotético. Platón no dice expresamente en el pasaje de la línea
dividida que este único principio sea la Idea de Bien, pero cabe sospecharlo
pues todo él tiene la finalidad de completar la información sobre
esta idea, que ya antes había calificado como principio último de la explicación.
En resumen, Platón traza una línea y la divide proporcionalmente en
cuatro subsecciones; en correspondencia con ellas distingue cuatro estados
mentales o niveles de conocimiento: conjetura, creencia, pensamiento
discursivo e inteligencia. Estos cuatro estados mentales se agrupan en
dos niveles: opinión, cuyo objeto es lo visible, y ciencia (episteme) que
comprende el pensamiento discursivo (intermedio entre lo sensible y lo
inteligible) y la inteligencia (cuyo objeto es lo inteligible puro, las Ideas).
La proporción señalada anteriormente indica que la conjetura es a la
creencia como el pensamiento discursivo a la inteligencia, y como la
opinión a la ciencia (como el mundo sensible al inteligible).
Por esta línea, por así decirlo, se puede «bajar» y «subir». Si hablamos
de «subir» estaremos en el ámbito de la dialéctica ascendente. Este proceso
de subida es al mismo tiempo un proceso de depuración de todo lo
sensible, que prepara a la mente para captar intuitivamente (no de forma
discursiva) lo más elevado y, en su cima, la Idea de Bien. Señalar adicionalmente
que este sería el contexto en el que habría que situar la paideia
platónica (la cual, por otra parte, ya había comenzado en el mismo acto
del diálogo del alma consigo misma). Y una vez que gracias a la educación
se ha subido, puede bajarse: dialéctica descendente. A partir del
primer principio se derivan (deductivamente) los restantes principios y las
hipótesis capaces de explicar la realidad y de dar lugar a un orden político
bueno y justo. Vuelve a hacer su aparición la preocupación política,
que parecía olvidada tras el conjunto de problemas epistemológicos, ontológicos
y psicológicos a los que nos hemos referido, porque Platón, no
hay que olvidarlo, es un pensador esencialmente político.
Filósofo es aquél que ha ascendido hasta la contemplación de la Idea
de Bien. Sin embargo, y aun al precio de su propia felicidad, no puede
quedarse aquí, sino que tiene que volver a bajar al fondo de la caverna,
pues la misión del filósofo platónico no es individual, sino colectiva. De
contemplador teórico de la idea de Bien, ha de convertirse en político:
-—Es, pues, labor nuestra —dije yo—, labor de los fundadores, el
obligar a las mejores naturalezas a que lleguen al conocimiento del cual
decíamos antes que era el más excelso, y vean el bien y verifiquen la ascensión
aquella; y una vez que, después de haber subido, hayan gozado
de una visión suficiente, no permitirles lo que ahora les está permitido.
—¿Y qué es ello?
—Que se queden allí —dije— y no accedan a bajar de nuevo junto a
aquellos prisioneros ni a participar en sus trabajos ni tampoco en sus
honores, sea mucho o poco lo que éstos valgan.
—Pero entonces —dijo—, ¿les perjudicaremos y haremos que vivan
peor, siéndoles posible el vivir mejor?
—Te has vuelto a olvidar, querido amigo —dije— de que a la ley no
le interesa nada que haya en la ciudad una clase que goce de particular
felicidad, sino que se esfuerza porque ello le suceda a la ciudad entera,
y por eso introduce armonía entre los ciudadanos por medio de la persuasión
o de la fuerza, hace que unos hagan a otros partícipes de los beneficios
con que cada cual pueda ser útil a la comunidad y ella misma
forma en la ciudad hombres de esa clase, pero no para dejarles que cada
uno se vuelva hacia donde quiera, sino para usar ella misma de ellos
con miras a la unificación del Estado.
•—Es verdad —dijo—. Me olvidé de ello.











