LA FILOSOFÍA DE PLATÓN
LENGUAJE Y REALIDAD
Como ya señalaba a propósito de Parménides el lenguaje plantea el
problema filosófico de la corrección de los nombres, pues si la palabra es
nombre, pero sólo nombre, cabe sospechar que no represente el verdadero
ser de la cosa. Platón dedicó el Crátilo al estudio de estas cuestiones.
Se ha discutido mucho la finalidad de esta obra, si puramente lingüística
o más bien epistemológica; en este diálogo Platón indaga las condiciones
del nombrar y si es posible la orthótés («exactitud», «corrección»…) del
nombre: no se analiza el lenguaje en sí mismo, sino su relación con la realidad,
saber si la representa con rectitud y exactitud, pues en tal caso conociendo
el primero podrá llegarse a conocer la segunda. En el Crátilo se
analiza si por medio del lenguaje puede llegarse al conocimiento filosófico.
Sócrates dialoga con dos interlocutores, Hermógenes y Crátilo; ninguno
de ellos duda de la exactitud del lenguaje. El primero sustenta una
teoría convencionalista: las cosas no tienen su nombre «por naturaleza alguna,
sino por convención y hábito de quienes suelen poner nombres»
(384 a). Crátilo, por el contrario, se muestra partidario de la teoría naturalista:
«… cada uno de los seres tiene el nombre exacto por naturaleza»
(383 a). Platón perfila sus posiciones en una confrontación crítica con
ambas teorías. En primer lugar, con la convencionalista.
En su refutación de Hermógenes, Sócrates reduce al absurdo la teoría
convencionalista: en el límite la convención tendría que ser individual,
pues cada sujeto particular podría establecer la suya propia. Platón reconduce
el convencionalismo a un individualismo extremo, mostrando
así que el mismo concepto de lenguaje exige que las palabras no puedan
modificarse arbitrariamente (por convención). Frente al convencionalista,
Sócrates parte de que «las cosas poseen un ser propio consistente
(…) que son en sí y con relación a su propio ser conforme a su naturaleza
» (386 e). Los seres son independientes de nosotros; las acciones, a su
vez, han de considerarse como cierta especie dentro de los seres; el hablar,
por su parte, es una entre las acciones y lo fundamental del hablar es
el nombrar. De aquí que el nombrar sea un tipo de acción, pero en tal
caso también será un tipo de ser y, por tanto, algo independiente de nosotros,
algo que no dice relación al que nombra, sino a lo nombrado. En
estos momentos del diálogo Platón sostiene que esta relación entre el
nombrar y lo nombrado es natural: lo que hay que nombrar hay que
nombrarlo con algo, con el nombre, de donde se sigue que éste es un instrumento
para distinguir y enseñar lo que es (y lo que es, Platón lo ha dicho
con claridad, es independiente de nosotros).
A partir de 388 d y ss. Sócrates esboza una teoría sobre el origen del
lenguaje:
Sóc: ¿Tampoco puedes decirme, al menos, quién nos proporciona los
nombres de los que nos servimos?
HERM.: Ciertamente, no.
Sóc: ¿No crees tú que quien nos los proporciona es el uso?
HERM.: ASÍ parece.
Sóc: ¿Entonces el enseñante se servirá de la obra del legislador cuando
se sirva del nombre?
HERM.: Creo que sí.
Sóc: ¿Y crees tú que cualquier hombre es legislador? ¿O el que conoce
el oficio?
HERM.: El que conoce el oficio.
Sóc: Por consiguiente, Hermógenes, no es cosa de cualquier hombre el
imponer nombres, sino de un «nominador». Y éste es, según parece,
el legislador, el cual, desde luego, es entre los hombres el más escaso
de los artesanos.
Si en la raíz del lenguaje se encuentra el uso (nomos), habrá un legislador-
nominador (nómothétés) encargado de poner los nombres, para lo
cual tiene que fijarse en lo mismo en lo que lo hace el carpintero cuando
fabrica una lanzadera: éste último atiende a la «lanzadera en sí»; del
igual modo, el legislador de los nombres se fijará en lo que es «nombre en
sí», que se caracteriza por su isomorfismo con lo nombrado. Concluye
Platón de manera provisional:
Con que Crátilo tiene razón cuando afirma que las cosas tienen el
nombre por naturaleza y que el artesano de los nombres no es cnal-
quiera, sino sólo aquel que se fija en el nombre que cada cosa tiene por
naturaleza y es capaz de aplicar su forma tanto a las letras como a las
sílabas (390 d-e).
En la continuación del diálogo Platón traza una serie de fantásticas
etimologías en las que intenta encontrar las relaciones entre los nombres
y las cosas nombradas por el método analítico de descomponer las palabras
en las letras o elementos primarios de que se componen. Al margen
de la cuestión de la mayor o menor pericia filológica de Platón, o incluso
del hecho de si estas etimologías no son sino una burla frente al proceder
de ciertos sofistas, interesa destacar que frente a Hermógenes (que al
principio del diálogo duda de toda referencia primaria a la cosa), Platón
defiende una adecuación natural entre la palabra y lo que ésta nombra.
Desde esta perspectiva, el lenguaje se justifica por su isomorfismo con la
realidad: el conocimiento de la palabra lleva al de la cosa.
A partir de 427 e comienza el diálogo con Crátilo: «… creo que hay que
volver a analizar mis palabras, pues lo más odioso es dejarse engañar por
uno mismo», afirma Sócrates a modo de preámbulo, dando así a entender
la necesidad de matizar las conclusiones obtenidas de la discusión
con Hermógenes. Sócrates parte en este momento de la posibilidad de
hablar falsamente: frente a lo que piensa Crátilo, puede que haya nombres
incorrectamente puestos. Para el radical naturalista Crátilo emplear
un nombre inadecuado no es hablar falsamente, es emitir un ruido sin
sentido: ni tan siquiera habría lenguaje.
La cosa tiene un ser al margen del nombre; el nombre se limita a imitarlo:
una cosa es el nombre y otra aquello de lo que es nombre; y éste,
como si fuera una pintura, imita aquello de lo que es nombre. Aquí empiezan
las dificultades que presenta el lenguaje, pues si bien el nombre
imita, la imitación no tiene que ser exacta, ya que es suficiente con que
«subsista un bosquejo»:
«… mientras subsista este bosquejo, aunque no posea todos los rasgos
pertinentes, quedará enunciada la cosa; bien cuando tenga todos, y
mal, cuando pocos» (433 a).
Cabe incluso que las palabras en modo alguno imiten a la cosa y que
sin embargo se entiendan por hábito o convención. Por otra parte, el legislador
de los nombres pudo equivocarse al imponer los nombres primarios,
pues cabe pensar que dio a determinadas cosas un nombre que
no le correspondía por naturaleza. En dos palabras, deja de estar claro
que quien conoce los nombres llegue también a las cosas.
Por esto el conocimiento filosófico no puede comenzar con los nombres,
que pueden ser un callejón sin salida o una vía muerta que no desemboque
en el ser de la cosa. Si como quieren Hermógenes y Crátilo
sólo puede conocerse la realidad por medio del lenguaje, no podrá conocerse
en modo alguno. Habrá que partir de la misma realidad y luego ver
si el lenguaje se acomoda a ella; no prescindir de la palabra, sino juzgar
su corrección desde la cosa, y no a la inversa:
¿Cuál será el más bello y claro conocimiento: conocer a partir de la
imagen si ella misma tiene un cierto parecido con la realidad de la que
sería imagen, o partiendo de la realidad, conocer la realidad misma y si
su imagen está convenientemente lograda? (439 a-b).
Habrá que buscar los seres en sí mismos más que a partir de los
nombres, puesto que éstos, en tanto que sólo son «imágenes», pueden deformar
la realidad.
Lo que en el Crátilo es un suave escepticismo se convierte en la Carta
VII en franca desconfianza. «Al parecer» Dioniso, tirano de Siracusa, ha
escrito un libro sobre las materias que aprendió de Platón, «presentándolo
como fruto de su propio saber y no de la instrucción recibida». Tarea
inútil —piensa Platón— puesto que la filosofía no puede reducirse a la palabra
y menos a la escrita1,
«… sino que como resultado de una prolongada intimidad con el problema
y de la convivencia con él, de repente, cual si brotara una centella,
se hace la luz en el alma y ya se alimenta por sí misma» (341 c-d).
Más aún, añade, «existe, en efecto, un argumento sólido en contra de
quien se atreve a escribir lo más mínimo sobre estas materias». Para
cada uno de los seres hay una serie de elementos a través de los cuales
nos llega el conocimiento del ser en cuestión: en primer lugar, el nombre;
en segundo lugar, la definición; en tercer lugar, la imagen: en cuarto lugar,
el mismo conocimiento; y en quinto lugar, la realidad en sí misma.
Por ejemplo: por una parte, tenemos la circunferencia en sí misma, por
otra el nombre «circunferencia», la definición de circunferencia, la representación
de la circunferencia y, finalmente, el conocimiento de la circunferencia.
El lenguaje es un primer paso en el conocimiento:
Si en todas las cosas no se logra captar de alguna manera los cuatro
elementos mencionados, jamás se llegará a participar de la noción perfecta
del quinto (342 a-b).
1 Cfr. E. Lledó, El silencio de la escritura, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales,
1991.
Sin embargo, es sólo un primer paso y además el más alejado de la
verdadera realidad: quien se quede en el nivel de los nombres jamás entrará
en contacto con la realidad en sí misma. El verdadero filósofo debe
dejar tras sí este momento lingüístico, al igual que abandona la apariencia
sensible de las cosas.
En la Carta VII Platón afirma el carácter convencional de los nombres:
Decimos también que el nombre de los objetos no es una cosa fija
en modo alguno para ninguno de ellos, y que nada impide que las cosas
ahora llamadas redondas sean llamadas rectas y las rectas, redondas
(343 b).
Nada más alejado de la consistencia perfecta y absoluta de la realidad
en sí que la radical inconsistencia de los nombres. Dionisio sólo ha conseguido
demostrar palpablemente que «no ha oído ni aprendido doctrina
sana alguna sobre las materias que ha tratado», pues de acuerdo con lo
dicho:
«… ninguna persona inteligente se arriesgará a confiar sus pensamientos
a este débil medio de expresión, sobre todo cuando ha de quedar fijado,
cual es el caso de la palabra escrita» (343 a).
Sin embargo. Platón no hace lo único que habría sido coherente con
su concepción: guardar silencio sobre aquello que, quizá, él ha contemplado.
Platón, por el contrario, pretende comunicar la diferencia entre
lenguaje y realidad, incluso que mediante aquél no se alcanza ésta, y lo
hace de la única manera posible: mediante la palabra. Paradójica (e ilustrativa)
situación: sabemos de la debilidad del lenguaje gracias a la palabra,
sabemos que Platón desconfía de la escritura gracias a que podemos
leer la Carta VIL Tal vez habría que concluir, como muy posteriormente
dirá Proclo, que es más bello atenerse a las negaciones: ante el vértigo del
vacío quizá se encienda en nosotros la luz de la intuición de una realidad
más profunda, pero ya incomunicable por medio de la palabra. Mas Platón
tiene que enfrentarse a individuos que han hablado y hablan mucho:
los poetas y los sofistas.











