LA FILOSOFÍA DE ARISTÓTELES

LA FILOSOFÍA DE ARISTÓTELES
INTERPRETACIONES DE ARISTÓTELES
El pensamiento aristotélico ha sido interpretado en ocasiones como
una grandiosa construcción en la que todas las piezas deben encajar
perfectamente entre sí, de suerte que entre ellas no haya ninguna contradicción
que rompa la coherencia conceptual del sistema. Sin embargo,
el Aristóteles que nosotros conocemos es sobre todo un Corpus editado en
el siglo i a.C, además, incompleto y sumamente disperso. Ante esta situación,
sus primeros comentaristas se sintieron en la necesidad de unificar
y completar ese conjunto de escritos -que en realidad eran más un
conjunto de apuntes para uso interno del Liceo que un sistema doctrinario
de filosofemas perfectamente cerrados y acabados. «Querer unificar y
completar a Aristóteles significa admitir que su pensamiento era susceptible,
en efecto, de ser unificado y completado; significa querer extraer
el aristotelismo de derecho del Aristóteles de hecho, como si el Aristóteles
histórico no hubiera llegado a poseer su propia doctrina»1. Los
comentaristas antiguos y medievales de Aristóteles lo sistematizan a partir
de una idea preconcebida, bien sea de filiación neoplatónica, bien
sea, en el caso de la escolástica, a partir de cierta idea del Dios de la Biblia
y su relación con el mundo: «Cuanto más profundo es el silencio de Aristóteles,
más prolija se hace la palabra del comentarista; no comenta el silencio:
lo llena; no comenta lo mal acabado: lo acaba; no comenta el
apuro: lo resuelve, o cree resolverlo; y acaso lo resuelve de veras, pero en
otra filosofía»2.
Esta interpretación que hace de los textos aristotélicos un sistema
cerrado y acabado extiende su influencia hasta finales del siglo Xix; tam-
Pierre Aubenque, El problema del ser en Aristóteles, Madrid, Taurus, 1974, p. 11.
ídem p. 12.
bien puede encontrarse en muchos manuales, y no me refiero sólo a
obras con una intención más o menos divulgativa, sino también a trabajos
de gran rigor y seriedad, como la exposición que realiza Eduard Zeller
de Aristóteles en su monumental Philosophie der Griechen in ihrer geschichtlichen
Entwicklung, o el libro de Hamelin Le systéme d’Aristote. Sin
embargo, esta interpretación sistemática choca frontalmente contra los
textos aristotélicos, que lejos de configurar un sistema libre de contradicciones
aparecen plagados de tensiones e imprecisiones conceptuales.
En un libro fundamental dentro de las investigaciones aristotélicas3,
Werner Jaeger señaló que estas tensiones podían eliminarse o al menos
suavizarse si el pensamiento de Aristóteles se entendía histórico-evolutivamente:
las innegables contradicciones que aparecen en sus textos se deberían
a que los editores antiguos no respetaron las diversas fases cronológicas
a lo largo de las cuales elaboró Aristóteles su pensamiento. En el
«Prefacio del autor a la edición alemana», Jaeger confiesa que no ha tratado
de hacer una exposición sistemática, «sino de analizar los escritos de
Aristóteles para descubrir en ellos las huellas medio borradas de la marcha
de su espíritu». Si Aristóteles fue «el primer pensador que se forjó al mismo
tiempo que su filosofía un concepto de su propia posición en la historia» y
si «con ello fue el creador de un nuevo género de conciencia filosófica, más
responsable e íntimamente compleja», entonces —señala Jaeger— era «filosófico
y aristotélico a la vez seguirle en esto, y tratar de entenderle por
medio de los supuestos partiendo de los cuales había construido sus propias
teorías», unos supuestos histórico-evolutivos enmascarados por la
idea escolástica de la filosofía aristotélica como un sistema estático de
conceptos. Como esquema histórico-evolutivo Jaeger propuso el alejamiento
progresivo del «idealismo» platónico en la dirección de una comprensión
y de una práctica cada vez más empírica de la filosofía.
El punto de vista histórico-evolutivo ha tenido una influencia muy poderosa
en las investigaciones aristotélicas más recientes; pero también ha
sido objeto de importantes críticas que, en general, tienden a mostrar la
imposibilidad de aplicar mecánicamente el esquema evolutivo propuesto
por Jaeger. Franz Dirlmeier, por ejemplo, ha señalado que hay obras del
Aristóteles supuestamente más platónico, como el diálogo Eudemo, en las
que el Estagirita se muestra como un metafíisico platónico, incluso como
un místico, y a la vez como un desapasionado hombre de hechos4. Pero
de forma paralela también cabe encontrar textos del Aristóteles más maduro,
por ejemplo De Anima III o Etica Nicomáquea X, en los que la in-
3 Aristóteles. Bases para la historia de su desarrollo intelectual, Madrid, FCE, 1984.
4 «Aristóteles», en Jahrbuch für das Bistum Mainz. Festschrift Dr. Albert Stohr, 1950 (hay
traducción castellana exiEndoxa. Series filosóficas, 5, Madrid, UNED, 1993, pp, 218 y ss).
fluencia de Platón sigue estando muy presente. Concluye Dirlmeier: «En
primer lugar, Aristóteles es empirista al principio y al final. Es el mismo
en el diálogo Eudemo y en la fenomenología de la Etica Nicomáquea. En
segundo lugar, Aristóteles es platónico al principio y al final: la doctrina
de la inmortalidad del Eudemo y la apelación a la vida divina, autónoma,
de la parte final de la Etica Nicomáquea están al mismo nivel. En el horizonte
ateniense y originariamente jonio de su personalidad los dos modos
de ser están constantemente unidos y se impregnan de tal manera, que a
las sutiles investigaciones que enlazan con Werner Jaeger les siguen quedando
extraordinarias dificultades». No es este el momento de entrar en
estas dificultades, pero sí me gustaría llamar la atención sobre un importante
rasgo que, a pesar de sus notables diferencias, tienen en común
las interpretaciones sistemática y la histórico-evolutiva: su intento
por disolver las contradicciones, ya sea anulándolas en el magma indiferenciado
del sistema, ya sea explicándolas genéticamente. En ambos casos
se someten los textos aristotélicos a una especie de lecho de Procusto.
En contra de esta tendencia se alza la interpretación aporética tal y
como la defiende, por ejemplo, Nicolai Hartmann5, para el cual, dado que
el enredarse en dificultades insolubles es propio y característico del pensamiento,
no puede extrañar que éste también se exprese de una forma
aporética. Aristóteles habría sido el primer pensador absolutamente consciente
de esta situación y es por ello, siempre de acuerdo con Hartmann,
por lo que se ve envuelto en múltiples aporías y contradicciones y por lo
que tampoco cabe encontrar en él una terminología fija y unitaria. Pero
esta atractiva propuesta de interpretación rápidamente pierde la modestia
hermenéutica y acaba convirtiéndose en una metodología que encuentra
su fin en sí misma, en el descubrimiento sistemático de aporías,
con lo cual se recae en la interpretación sistemática, con la sutil diferencia
de que ahora el sistema no lo es de respuestas, sino de preguntas.
En cualquier caso, la interpretación aporética presenta una ventaja
decisiva frente a las lecturas sistemática e histórico-evolutiva, a saber, que
pone con toda claridad de manifiesto que es más característico de Aristóteles
la elaboración y el desarrollo de las dificultades que aquello que
suele llamarse «los resultados» (ya se interpreten éstos sistemática, histórico-
evolutiva o incluso aporéticamente). La lectura de Aristóteles que
quiero proponer en las páginas siguientes apunta en esta dirección.
5 Cfr. «Der philosophische Gedanke und seine Geschichte», «Aristóteles und das Problem
des Begriffs», «Zur Lehre vom Eidos bei Platón und Aristóteles», «Die Wertdimensionen
der Nikomachischen Ethik», «Aristóteles und Hegel», en Kleinere Schriften, bd. II.