EN CONTRA DE PARMÉNIDES

EN CONTRA DE PARMÉNIDES:
EL NO-SER Y EL MUNDO SENSIBLE
El mundo sensible es un intermedio entre el ser y el no-ser. En el Sofista
Platón había introducido una ontología del no-ser para refutar al sofista.
Detengámonos por un momento en este importante momento del
pensamiento platónico. En Sofista 235 b Platón caracteriza al sofista
como un thaumatopoión, un fabricador de sueños y, en esta medida,
como un imitador. La técnica imitativa se divide en figurativa (que produce
imágenes) y simulativa (que no produce imágenes, sino apariencias).
¿Dónde ubicar al sofista? Pero Platón no responde en estos momentos a
esta cuestión, sino que interrumpe «la captura del sofista», dado que:
… semejarse y parecer, sin llegar a ser, y decir algo, aunque no la verdad,
son conceptos, todos ellos, que están siempre llenos de dificultades,
tanto antiguamente como ahora. Pues afirmar que realmente se pueden
decir y pensar falsedades, y pronunciar esto sin incurrir en una contradicción,
es, Teeteto, enormemente difícil {Sof. 236 d).
El problema reside en saber si existe lo que no es, pues, si no fuera
así, lo falso no podría ser. De este modo, a partir de 237 a y ss. Platón emprende
una investigación sobre el no-ser, sobre qué puede recibir el nombre
de no-ser. El Extranjero de Elea expresa la dificultad con toda claridad:
¿No debe acaso admitirse, entonces, lo siguiente: que quien dice
algo de este modo [i. e. en la forma de una negación: ‘no algo’], en realidad
no dice nada, y ha de afirmarse, por el contrario, que ni siquiera
dice quien intenta pronunciar lo que no es? (237 e).
Concluye entonces Platón:
… el sofista, con la mayor astucia, se ha escondido en un lugar muy difícil
[…] pues si afirmáramos que posee una técnica simulativa, será fácil
para él, compartiendo incluso nuestro empleo de los argumentos,
orientarlos en sentido opuesto, de tal modo que, cuando lo llamemos
fabricante de imágenes, preguntará a qué llamamos concretamente
imagen (239 c-d).
La aceptación de las tesis de Parménides obliga a concluir que si el ser
es lo contrario del no-ser, la imagen no existe. Hay que argumentar, por
tanto, que lo que no-es (la imagen) en cierto modo es (es como imagen,
no verdaderamente): si se acepta la lógica del discurso eleata el sofista se
escapa. De aquí que haya poner a prueba el argumento de Parménides y
obligar a lo que no es a que en cierto modo sea, y recíprocamente, a lo
que es a que en cierto modo no sea:
Pues hasta que no se refute o no se admita lo dicho, será en vano
pretender hablar de discurso o de pensamiento falsos, y de imágenes, figuras,
imitaciones y simulacros, así como de las técnicas que se ocupan
de ellos, sin caer en el ridículo al verse uno obligado a contradecirse a sí
mismo (241 d-e).
Hay que argumentar que el mé ón, estí y que el to ón, oúk ésti: hay que
argumentar en contra de Parménides.
A partir de Sofista 248 y ss. se lee la crítica a los «amigos de las
Ideas» y en este contexto se elucida la teoría de la ‘comunicación’ o ‘comunión’
de las Ideas. Para saber qué puede mezclarse se necesita determinada
técnica: para saber qué letras pueden mezclarse entre sí se necesita
la técnica de la gramática; de igual modo, el músico posee la técnica
que le permite mezclar los sonidos. Y a partir de estos ejemplos se abre
paso la ciencia en sentido estricto:
¿Y qué? Puesto que hemos admitido que también los géneros mantienen
entre sí una mezcla similar ¿no será necesario que se abriera
paso a través de los argumentos mediante una cierta ciencia quien
quiera mostrar correctamente qué géneros concuerdan con otros y cuáles
no se aceptan entre sí, si existen algunos que se extienden a través de
todos, de modo que hagan posible la mezcla, y si, por el contrario, en lo
que concierne a las divisiones hay otros que son la causa de la división
de los conjuntos (253 b-c).
Teeteto responde que hace falta tal ciencia, calificándola como «la mayor
de todas». Esta ciencia es la dialéctica: el conocimiento de las relaciones
entre las Ideas y, en posesión de este conocimiento, la capacidad de emplear
el método de las divisiones. Buscando al sofista se ha llegado al filósofo:
Quien es capaz de hacer esto, de distinguir una sola Idea que se extiende
por completo a través de muchas, que están, cada una de ellas,
separadas; muchas, distintas las unas de las otras, rodeadas desde fuera
por una sola; una sola, pero constituida ahora en una unidad a partir de
varios conjuntos; muchas diferenciadas, separadas por completo; quien
es capaz de esto, repito, sabe distinguir, respecto de los géneros, cómo
algunos son capaces de comunicarse con otros, y cómo no (253 d-e).
Quien es capaz de esto sabe distinguir, respecto de los géneros, «cómo
algunos son capaces de comunicarse con otros, y cómo no», en consecuencia,
posee el don dialéctico y «filosofa pura y justamente». Desde este
punto de vista, a partir de 254 b y ss. se examinan algunas Ideas (’el ser
mismo’, ‘el cambio’, ‘el reposo’, ‘lo mismo’, ‘lo diferente’) para ver, «primero,
cuál es cada una y, luego, cuál es el poder de comunicación recíproco
». Como consecuencia de esta comunicación aparece el no-ser entendido
como alteridad:
Es, entonces, necesario que exista el no-ser en lo que respecta al
cambio, y también en el caso de todos los géneros. Pues, en cada género,
la naturaleza de lo diferente, al hacerlo diferente del ser, lo convierte
en algo que no es, y, según este aspecto, es correcto decir que todos
ellos son algo que no es, pero, al mismo tiempo, en tanto participan del
ser, existen y son algo que es (256 d-e).
Y poco más adelante concluye el Extranjero de Elea:
Sobre lo que acabamos de decir acerca de la existencia del no-ser,
que algún refutador nos convenza de que no hablamos correctamente,
o, en la medida en que ello no sea posible, que se diga lo mismo que decimos
nosotros, es decir, que los géneros se mezclan mutuamente, y que
el ser y lo diferente pasan a través de todos ellos, y recíprocamente entre
sí, y gracias a esta participación lo diferente, al participar del ser, existe,
pero no es aquello de lo que participa, sino diferente, y al ser diferente
del ser, es necesariamente, y con toda evidencia, algo que no es. El ser,
por su parte, como participa de lo diferente, viene a ser diferente de los
otros géneros, y al ser diferente de todos aquéllos, el no-ser no es cada
uno de ellos, ni la totalidad de ellos, sino sólo él mismo; de este modo
—indudablemente— el ser, a su vez, no es infinitas veces respecto de infinitas
cosas, y las demás cosas, ya sea individual o colectivamente, en
muchos casos son, en muchos otros, no son (259 a-b).
Por detrás de estas investigaciones tan abstractas se esconde un problema
muy concreto: saber si el no-ser se mezcla con el juicio y el discurso,
pues si fuera así, sería necesario que todo fuera verdadero y, en tal
caso, vence el sofista; pero si el no-ser se mezcla con el juicio y el discurso,
se producen entonces juicios y discursos falsos y, por consiguiente,
puede capturarse al sofista, al haber establecido un criterio de verdad y de
falsedad del discurso. Platón cree haber mostrado que, en efecto, el no-ser
se mezcla con juicio y el discurso: hay un criterio firme para establecer
qué discursos son falsos, aquellos que dicen lo que no es como si fuera. Y
tras estas consideraciones podemos ocuparnos de la explicación platónica
del mundo tal y como puede leerse en el Timeo.
El Timeo comienza con un prólogo político que no es casual, pues esta
obra expone la cosmología que debe saber el gobernante. El proyecto político
resumido al comienzo del Timeo es a grandes rasgos el de la República,
pero con una diferencia: en el Timeo los dialogantes son filósofos y
por esto aparecen temas que se eluden en la República. Por otra parte, al
ser filósofos también pueden comprender el método que se emplea en el
Timeo, que es el de los geómetras: partir de principios (28 a y ss), que no
se demuestran, como tampoco se demuestran los axiomas de Euclides.
Estos principios representan presupuestos epistemológicos y no ontológicos,
pues en el Timeo no está en juego una ciencia física, sino una teoría
(matemáticamente racional) de las ciencias físicas.
Recogiendo las ideas del Sofista que he intentado explicar brevemente
Platón entiende que el mundo sensible debe ser estructuralmente otro
del ser verdadero, del ser que es absolutamente, pero también considera
que no puede ser el no-ser absoluto: es algo intermedio o mezclado entre
el puro ser y no-ser absoluto, no es el ser, pero posee algún modo de ser,
como lo tienen las cosas que son copia, por así decirlo, «de prestado». El
mundo sensible tiene ser en tanto que copia del ser, pero también posee
un elemento material del que toma su ser-sensible, así como las características
que lo acompañan. Para caracterizar a este elemento material Platón
utiliza múltiples expresiones, pero que siempre indican indeterminación,
oscuridad, incognoscibilidad, necesidad. En Timeo 49 a y ss. Platón
habla de chora:
¿En qué consiste y cuál es su naturaleza? Su naturaleza es, sin
duda, ser el receptáculo, y por así decirlo, la nodriza de todo lo que
nace.
Y algo más adelante continúa del siguiente modo:
Por esto es por lo que para componer los perfumes, cuyo delicioso
olor es un producto del arte, se empieza por volver completamente inodoros
todos los líquidos destinados a recibir el olor; por esto es por lo
que para imprimir ciertas figuras sobre una sustancia blanda se comienza
por no dejar sobre ella huella alguna, por unirla y pulirla todo lo
posible. Por lo mismo conviene que lo que está destinado a recibir en
toda su extensión reproducciones exactas de seres eternos, sea por
completo y naturalmente extraño a todas las formas.
Frente al padre que es el modelo y el hijo que sería el mundo sensible
de la chora solo puede decirse que es receptáculo o indeterminación absoluta;
Platón la compara con una madre o nodriza. Según el esquema
cosmogónico del Timeo, en la generación del mundo sensible intervienen
tres elementos (que se corresponden, respectivamente, con el límite, lo ilimitado
o indefinido y la causa de la mezcla del Filebo), a saber, el modelo
(mundo eidético), la materia (receptáculo) y el artífice que hace la copia
fijándose en el modelo y plasmándolo en la materia (el demiurgo).
Estos tres elementos son eternos y el resultado de su interacción «ha
nacido»: la copia, que se corresponde con la mezcla del Filebo. El demiurgo,
que ha generado el mundo sensible por bondad y amor al Bien,
hace la obra más bella y más perfecta que le era posible, a modo de reflejo
de la racionalidad matemática del universo:
Pues bien, en mi opinión hay que diferenciar primero lo siguiente:
¿Qué es lo que es siempre y no deviene y qué, lo que deviene continuamente,
pero nunca es? Uno puede ser comprendido por la inteligencia
mediante el razonamiento, el ser siempre inmutable; el otro es opinable,
por medio de la opinión unida a la percepción sensible no racional, nace
y fenece, pero nunca es realmente. Además, todo lo que deviene, deviene
necesariamente por alguna causa: es imposible, por tanto, que algo
devenga sin una causa. Cuando el artífice de algo, al construir su forma
y cualidad, fija constantemente su mirada en el ser inmutable y lo usa
de modelo, lo así hecho será necesariamente bello. Pero aquello cuya
forma y cualidad hayan sido conformadas por medio de la observación
de lo generado, con un modelo generado, no será bello. Acerca del universo
—o cosmos o si en alguna ocasión se le hubiera dado otro nombre
más apropiado, usémoslo— debemos indagar primero, lo que se supone
que hay que considerar en primer lugar en toda ocasión: si siempre ha
sido, sin comienzo de la generación, o si se generó y tuvo algún inicio.
Es generado, pues es visible y tangible y tiene un cuerpo y tales cosas
son todas sensibles y lo sensible, captado por la opinión unida a la sensación,
se mostró generado y engendrado. Decíamos, además, que lo generado
debe serlo necesariamente por alguna causa. Descubrir al hacedor
y padre de este universo es difícil, pero, una vez descubierto,
comunicárselo a todos es imposible. Por otra parte, hay que observar
acerca de él lo siguiente: qué modelo contempló su artífice al hacerlo, el
que es inmutable y permanente o el generado. Bien, si este mundo es
bello y su creador bueno, es evidente que miró al modelo eterno (Timeo
28 a-29 a).