El conocimiento y el lenguaje

El conocimiento y el lenguaje
A propósito del estoicismo cabe hablar de «sistema» en la medida en
que lógica (que incluye una teoría del conocimiento), física y ética guardan
una estrecha relación entre sí, que toma pie en la suposición de la
existencia de una ley cósmica racional y racionalmente cognoscible que
abarca tanto el acontecer material como el pensamiento humano. Las
partes de la filosofía son como las de un organismo:
Los estoicos distinguían tres partes en su exposición de la filosofía:
en primer lugar, la física, en segundo lugar la ética y en tercer lugar la
lógica (…). Comparaban a la filosofía con un ser vivo, donde la lógica se
correspondía con los huesos y los tendones, la ética con la carne, la física
con el alma. O también la comparaban con un huevo, donde la lógica
era la cascara, la ética la clara y la física la yema. Y también la
comparaban con un campo cultivado, donde la cerca se corresponde
con la lógica, el fruto es la ética, y la física se corresponde con la tierra
y los árboles (…). Y ninguna de estas partes se encuentra separada de las
restantes, sino que están en la más estrecha conexión (D.L. VII, 39).
En el centro de la filosofía de la Stoa se encuentra el concepto de naturaleza
como principio de todas las cosas y como norma a la que los seres
humanos deben someterse para vivir moralmente. Pero los estoicos no
sólo dicen poseer un saber, sino que se preguntan en qué consiste y
cómo alcanzarlo. El siguiente texto de Cicerón recoge los puntos esenciales
de la teoría del conocimiento de Zenón:
12 Cfr. E. Bevan, Stoics and Sceptics, New York. 1959, pp. 28 y ss.
Zenón no prestaba fe a todas las representaciones, sino sólo a aquellas
que presentan ciertas características propias de las cosas que se pueden
ver. A esta representación, pues, que por sí misma se discierne la
llamaba «aprehensible» (¿entendéis esto?-Sin duda, digo, pues ¿de qué
otro modo se podría traducir katalépton?). Pero cuando ella había sido
ya acogida y aprobada, la llamaba «aprehensión», semejante a las cosas
que con la mano se agarran (…) aquello que era captado por el sentido
lo llamaba «sensación», y si de tal modo era captado que no pudiera ser
ya desarraigado por la razón, lo denonimaba «ciencia», en caso contrario
«ignorancia». De esta surgía igualmente la «opinión», que es débil
y está mezclada con lo falso y desconocido. Pero entre la ciencia y la ignorancia
colocaba aquella «aprehensión» a la que me he referido, y a
ésta no la contaba entre las cosas buenas ni entre las malas, pero decía
que sólo a ella se debe dar crédito. Por eso, también prestaba fe a los
sentidos, ya que, como antes dije, la aprehensión basada en los sentidos
le parecía no sólo verdadera, sino también fiel, no porque captara todo
lo que hay en el objeto, sino porque no pasaba por alto nada de lo que a
ella pudiera someterse y porque la naturaleza le otorgó la norma de la
ciencia y el principio de la misma, por medio de los cuales se imprimirían
luego en las almas las nociones de las cosas (Académicos posteriores
I, 41=SVFI, 60).
El conocimiento comienza con las percepciones de los sentidos entendidas
sensualistamente como las impresiones que el alma recibe desde
las cosas, pero no se agota aquí, pues exige ser confirmado; lo es
cuando en la raíz del juicio hay una representación (phantasía) en la
que el objeto se aprehende de modo tal que el sujeto no puede sino referir
la representación a algo real. La aprehensión (katálepsis) se entiende así
como un asentimiento a la presentación cognoscitiva de las cosas, pues
bajo ciertas circunstancias las representaciones son vividas como objetivas,
como referidas a un objeto que existe independientemente del sujeto.
Cuando este es el caso, nos encontramos con una representación cataléptica
(«semejante a las cosas que con la mano se agarran»).
La representación cataléptica sigue siendo una impresión recibida a partir
de objetos existentes, pero tal que es imposible que provenga de algo
inexistente y que además muestra o presenta ese objeto particular de manera
que resulta inconfundible con cualquier otro. Estas representaciones
guardan cierta analogía con la luz: al igual que ésta las representaciones catalépticas
nos permiten cerciorarnos tanto de ellas mismas (es decir, tomar
conciencia de que se producen), como identificar aquello que iluminan. Tal
es el análisis etimológico de la palabra phantasía cuya formación Crisipo entiende
emparentada con phós, luz (SVF II, 21.28). Sin embargo, las representaciones
catalépticas no constituyen una instancia de apelación clara e
inequívoca, pues como señala Luis Vega pueden decantarse «en un sentido
subjetivo, de modo que prevalezca el asentimiento, o en un sentido objetivo
que prime la captación franca del objeto aprehendido. Pero, sea
como sea, la representación cataléptica parece conservar un estatuto relativamente
privilegiado dentro de la teoría estoica del conocimiento. A la
luz de lo que hoy sabemos sobre la historia del problema del conocimiento,
podemos ver en ella uno de los primeros momentos de la confusión
tradicional entre las cuestiones del origen del conocer y las cuestiones
de acreditación del conocimiento, entre las fuentes de evidencia y los
criterios de justificación».
Junto a estas representaciones, los estoicos también admiten otros criterios
de conocimiento: los conceptos generales (énnoiai) que surgen a lo
largo del proceso de pensamiento, pero que sin embargo no son puramente
subjetivos:
El concepto, pues, es una representación del entendimiento, no un
ente o una cualidad, pero a modo del ente y de la cualidad. Y así, por
ejemplo, surge la representación mental del caballo, aun cuando éste se
encuentre ausente (D.L. VIII, 61 = SVF I, 66).
Estos conceptos generales funcionan como pre-conceptos (prolépsis)
de nuestros juicios y tienen carácter objetivo en la medida en que los formamos
a partir de nuestra naturaleza; como dice Diógenes Laercio «tienen
como fundamento lo real» (DL VII, 54). En esta medida, están en la
raíz del pensamiento de todos los hombres y son universales (koinai énnoiai).
En cierto sentido, son innatos, pero no son Ideas en sentido platónico,
puesto que lo universal no existe independientemente del pensamiento,
sino que es producido por el pensamiento partiendo de las
percepciones.
Otros estoicos antiguos apelan como criterio de conocimiento a la recta
razón (orthós lógos). Y también los hay que atribuyen un papel importante
como criterio de conocimiento al hombre sabio, aquél que posee conocimiento
y es norma del conocer y del obrar correcto.
Todos estos criterios van a parar a lo mismo, que conocer algo es haberlo
captado o aprehendido de tal modo que ningún argumento pueda
refutar la aserción de que tal es el caso:
Si de tal modo se comprendía algo que no era posible desarraigarlo
por medio de la razón, Zenón lo llamaba «ciencia»; en caso contrario,
«ignorancia» (Cicerón, Acad. Post., 1, 68 = SVF I, 68).
13 La trama de la demostración. Los griegos y la razón tejedora de pruebas, Madrid, Alianza
Universidad, 1990, p. 243.
La llaman ciencia, comprensión firme o disposición en la aceptación
de las representaciones que no puede cambiar por obra del raciocinio
(D.L., VII, 47= SVF I, 68).
Para Platón la opinión (dóxa) constituye un estado epistémico intermedio
entre la ignorancia y el saber en sentido estricto (Rep. 447 a-b); Zenón
mantiene una postura mucho más radical, identifica la opinión con
la ignorancia sin contemplar matices intermedios entre el que sabe y el
que no sabe: quien no es sabio es necio. Sólo el sabio posee un conocimiento
dogmático de determinadas verdades: sus palabras dicen la cosa.
Diógenes Laercio (VII, 62) refiere que la «dialéctica» de los estoicos, es
decir, su teoría del conocimiento, comprendía dos partes: «lo designado»
y «lo que designa»: los estoicos elaboraron una semántica entendida
como teoría de la función designativa de las expresiones lingüísticas. Un
sonido es una expresión lingüística cuando tiene el carácter de un signo y
se refiere a algo que, en esta medida, es designado. Ahora bien, lo inmediatamente
designado no es un objeto material, sino un objeto inmaterial,
un enunciado (lektón), que no tiene ninguna realidad independientemente
del sujeto:
Los estoicos consideraban que la teoría de la representación y de la
percepción tenía preeminencia, porque el criterio por el que se reconoce
la verdad de las cosas es la representación, y porque tanto la teoría de
la concordancia como la de la aprehensión mental, que precede a todo
lo demás, no puede alcanzar firmeza al margen de la representación.
Pues la representación tiene la preeminencia, entonces viene el pensamiento,
el cual, en tanto que capacidad de expresar aquello a lo que es
estimulado por la representación, se manifiesta mediante la palabra
(D.L. VII, 49).
La impresión producida por un objeto particular abre el camino; el
pensamiento, que es capaz de hablar, expresa entonces en el discurso lo
que ha experimentado como resultado de la impresión. Comenta a este
respecto Anthony Long: «Lo que deseamos es subrayar que en el estoicismo
ser racional comporta como nota la capacidad de hablar articuladamente,
de usar un lenguaje. No es esta su única nota: la racionalidad es
un concepto sobradamente amplio en el estoicismo, mas en nuestro contexto
presente, el punto importante es la noción de que pensar y hablar
son dos descripciones o aspectos de un proceso unitario. Podemos llamar
a este proceso pensamiento articulado»14. Pensar y hablar son dos descripciones
de dos aspectos de un proceso unitario de conocimiento en el
14 Op. cit, p. 124.
que aparece una nueva dimensión, la constituida por el reconocimiento
no de objetos, sino de conexiones entre cosas y estados de cosas. Sólo entonces
la base empírica de los estoicos cobra pleno sentido como experiencia
racional, i. e. como experiencia elaborada o interpretada discursivamente
por medio del lenguaje y viceversa15. La interpretación racional
de la experiencia requiere lenguaje:
Los estoicos dicen que el hombre se diferencia de los animales irracionales
debido al lenguaje interno, no al habla externa, pues las cornejas,
los loros y los arrendajos profieren sonidos articulados. El hombre
tampoco se distingue de las demás criaturas por la recepción de meras
impresiones —puesto que ellas también las reciben—, sino en virtud de
unas impresiones creadas por inferencia y combinación. Lo cual representa
la posesión por parte del hombre de una idea de conexión, y el
hombre capta el concepto de signo gracias a este atributo. Pues el signo
reviste la forma: ’si esto, entonces aquello’. Por consiguiente, la existencia
del signo se sigue de la naturaleza misma del hombre, de su constitución
específicamente humana (Sexto Empírico, Ad. Math. VIII, 275-6).
La palabra es verdadera (dice verdad) cuando dice la cosa: porque tanto
una como otra, tanto la misma realidad como las palabras del sabio
que la expresan con verdad o en su verdad, son «racionales». O lo que es
lo mismo, el universo es una estructura racional de la que forman parte
las palabras y las cosas, y así como hay conexiones entre estas últimas,
también las hay entre las proposiciones que las expresan, de suerte que
entre ellas cabe establecer esquemas válidos de inferencia que según algunos
autores constituyen el germen de lo que hoy en día llamamos cálculo
preposicional16. Si cabe establecer estas conexiones entre las cosas y
las proposiciones es porque en la naturaleza hay un legalidad universal
obra y a la vez manifestación de un lógos cósmico y divino.