EL CAMINO HACIA LA IDEA DE BIEN
Platón busca un conocimiento absoluto. Todo conocimiento tiene
dos polos: el sujeto que conoce y el objeto conocido; se necesita, por
tanto, una teoría del alma que conoce y una teoría de lo conocido por el
alma. La teoría del alma se encuentra en el Fedro, donde además se establece
el carácter transcendente del saber buscado. Este diálogo consta de
dos partes: en primer lugar, tres monólogos (el discurso de Lisias, que reproduce
Fedro, y dos discursos de Sócrates), a continuación, la conversación
entre Sócrates y Fedro sobre la retórica. En estos momentos interesa
la primera parte, cuyo tema es Eros.
De acuerdo con Lisias es mejor amar a aquellos que no aman que a
los que aman (231 a y ss.); el Amor, por tanto, no es algo bueno. El primer
discurso de Sócrates describe a un amante posesivo:
Por fuerza, pues, ha de ser celoso, y al apartar a su amado de muchas
provechosas relaciones, con las que, tal vez, llegaría a ser un hombre
de verdad, le causa un grave prejuicio, el más grave de todos, al privarle
de la posibilidad de acrecentar al máximo su saber y buen sentido
(…) [el amante] maquinará, además, para que [el amado] permanezca
absolutamente ignorante, y tenga, en todo, que estar mirando a quien
ama, de forma que, siendo capaz de darle el mayor de los placeres,
sea, a la par, para sí mismo su mayor enemigo. Así pues, por lo que se
refiere a la inteligencia, no es que sea un buen tutor y compañero, el
hombre enamorado (239 b).
Pero en tal caso Amor ha de ser algo malo; sin embargo, en tanto que
es un dios es algo divino y no puede ser malo. De ahí que los discursos
anteriores «pecaran contra el Amor» y sea necesario elaborar un segundo
discurso que le haga justicia. En este segundo discurso se identifica al
Amor con la locura: el que ama está loco y el que no ama está cuerdo; y es
preferible conceder nuestros favores al que ama que al que no ama, es
preferible la locura a la sensatez: la primera nos la envían los dioses, la segunda
es obra de los hombres.
En su segundo discurso Sócrates intenta probar que la locura que caracteriza
al amante «nos es dada por los dioses para nuestra mayor fortuna
» (245 c). En este contexto se retoman los problemas del alma y de la
anámnesis. En primer lugar se establece su inmortalidad; a continuación
se habla alegóricamente de ella. El alma es como una yunta alada
conducida por un auriga. En los dioses tanto el auriga como los dos caballos
son buenos; en el hombre uno de los dos caballos es malo: indómito
y que no quiere obedecer las órdenes del auriga. Platón, pues, establece
alegóricamente la división del alma en tres partes: racional (auriga),
irascible (caballo bueno), concupiscible (caballo malo). Antes de caer en
un cuerpo, las almas iban en el séquito de los dioses, contemplando lo
verdadero:
«… el caballo entreverado de maldad gravita y tira hacia la tierra, forzando
al auriga que no lo haya domesticado con esmero. Allí se encuentra
el alma con su dura y fatigosa prueba» (Fedro 247 b).
El alma que fracasa en esta prueba cae a la tierra y se encarna en un
cuerpo; tal conmoción recibe que olvida lo que había visto cuando acompañaba
el cortejo de los Inmortales.
A partir de la visión de lo sensible el alma puede recordar. En Banquete
210 a y ss. se describe un ejemplo de este proceso que lleva de lo
sensible a lo suprasensible: en primer lugar, uno se enamora de un cuerpo
bello, a continuación de todos los cuerpos bellos, y de la belleza del
cuerpo se pasa a la belleza del alma. En un cuarto momento uno dase
cuenta de que la belleza también habita en las normas de conducta y en
las leyes, a continuación, el proceso (=progreso) conduce a la belleza de
las ciencias; finalmente, se llega a la belleza en sí. La visión de un cuerpo
bello despierta, por una parte, vagamente, entre tinieblas, la idea de belleza
en sí (que contemplamos en nuestra anterior vida), y, por otra, el deseo
de disipar esta vaguedad, de tener un conocimiento claro y firme:
Ni tampoco se le aparecerá esta belleza [la belleza en sí] bajo la forma
de un rostro ni de unas manos ni de cualquier otra cosa de las que
participa un cuerpo, ni como razonamiento, ni como una ciencia, ni
como existente en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo, en la tierra, en
el cielo o en algún otro, sino la belleza en sí, que es siempre consigo
misma específicamente única, mientras que todas las otras cosas bellas
participan de ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de éstas
no le causa ni aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente
nada. Por consiguiente, cuando alguien asciende a partir de las cosas de
este mundo mediante el recto amor de los jóvenes y empieza a divisar
aquella belleza, puede decirse que toca casi el fin. Pues ésta es justamente
la manera correcta de acercarse a los cosas del amor o de ser
conducido por otro: empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose
de ellas como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en base
a aquella belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y
de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas
de conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de éstos terminar
en aquel conocimiento que no es conocimiento de otra cosa sino de
aquella belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en
sí (Banquete 211 a-c).
Las cosas sensibles pueden sugerir las Ideas porque las conocimos en
una existencia anterior: la teoría de la anámnesis implica la existencia separada
de las Ideas. Platón necesita una teoría del alma que conoce y una
teoría de lo conocido por el alma: la teoría del alma que conoce se resuelve
en una teoría del alma que recuerda, la teoría de lo conocido por el
alma se resolverá en una teoría de lo recordado por el alma y lo recordado
son las Ideas.
Podemos ver ahora la conclusión del segundo discurso de Sócrates, en
el que se defendía que es preferible el arrebato y el entusiasmo a la sensatez.
El «entusiasmado» es, literalmente, el «endiosado», el poseído por
la divinidad, en este caso Eros. Y por Eros entiende Platón aquella fuerza
que impele a lo absoluto, hacia las Ideas. Es difícil que las cosas sensibles
lleven a las suprasensibles; sin embargo, cuando algún privilegiado empieza
a sentir la reminiscencia, Eros se adueña de él y se siente transpuesto,
entusiasmado y arrebatado por el dios:
Y aquí es, precisamente, a donde viene a parar todo ese discurso sobre
la cuarta forma de locura, aquella que se da cuando alguien contempla
la belleza de este mundo, y, recordando la verdadera, le salen
alas y, así alado, le entran deseos de alzar el vuelo, y no lográndolo, mira
hacia arriba como si fuera un pájaro, olvidado de lo de aquí abajo, y
dando ocasión a que se le tenga por loco.
Para salvar el carácter absoluto del conocimiento Platón abandona el
mundo empírico y se dirige al transcendente: el conocimiento puede ser
absoluto porque el alma conoce las Ideas en el mundo transcendente
antes del nacimiento. El conocimiento no es exploración de lo nuevo, sino
recuerdo y evocación de lo ya sabido pero olvidado y puede ser absoluto
porque lo es lo a conocer. De un lado el mundo sensible, de las cosas particulares
y de la apariencia, de otro el inteligible, mundo de los universales
y de la verdadera realidad. Visto desde la Idea la relación entre uno y
otro es de presencia (parousía): a una cosa particular la hace bella la
presencia en ella de la belleza en sí, a una polis justa la hace justa la presencia
en ella de la idea de justicia. Pero desde la cosa particular la relación
es de participación: una cosa es bella porque participa de la belleza
en sí, una polis es justa porque participa de la idea de justicia.
Recapitulemos: Platón busca un saber absoluto, definido desde los
primeros diálogos como «saber acerca del bien» y que no puede obtenerse
de la realidad empírica, porque de ella sólo puede surgir la opinión, no un
saber absoluto. Condición de posibilidad de este saber absoluto es una
premisa teológica, que el alma sea inmortal, en el doble sentido de que ni
nace ni muere. Antes de nacer el alma preexistía y por ello pudo contemplar
aquellas realidades inmutables y eternas, las Ideas, que posibilitan
un conocimiento absoluto y que pueden alcanzarse por un camino
(methodos) que utilizando las cosas sensibles como peldaños permite ascender
hasta aquello que es en sí. Este método es el auténtico saber, que
en la República se identifica con la dialéctica, pues sólo ella permite remontarse
al mundo de las Ideas, el cual, a su vez, es condición de posibilidad
de todo saber y toda ciencia en sentido estricto.
EL CAMINO HACIA LA IDEA DE BIEN
Published on Abril 17, 2008
in Grecia y el helenismo.
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