EL AZAR Y LO AUTOMÁTICO: LAS COSAS MECÁNICAS

EL AZAR Y LO AUTOMÁTICO: LAS COSAS MECÁNICAS
Nómbranse también entre las causas el azar (tyche) y lo automático
(tó autómaton), y se dice que muchas cosas existen y se originan por
medio del azar y por medio de la automático. Con que hay que examinar
de qué manera se encuentran entre estas causas el azar y lo automático;
y sin son lo mismo o algo diferente (Fís. 195 b 30-34).
Hay cosas que siempre o la mayor parte de las veces acontecen de la
misma manera; de ellas no se dirá que tienen por causas el azar o lo automático,
sino la téchne o la physis: de un lado las cosas artificiales y naturales,
de otro las azarosas y automáticas, caracterizadas por el momento
de forma negativa. Ross comenta estas líneas de la Física de la
siguiente manera27. Hay acontecimiento de tres tipos: (A) que suceden
siempre dadas las condiciones B, (C) que suceden asnalmente dadas las
condiciones D y, finalmente, (E) que suceden ocasionalmente cuanto se
presentan las condiciones F. Estos últimos son los azararosos, que en
modo alguno suponen una ruptura de la necesidad. Tanto los acontecimientos
(C) y (E) como los (A) están sometidos a la necesidad, pero los
27 Cfr. Aristotle’s Physics, «Commentary», Oxford Univ. Press, 1936, p. 516.
primeros no están necesitados sólo por las condiciones D, sino por ellas y
otras condiciones que acompañan usualmente a D; los acontecimientos
(E), por su parte, no están necesitados por las condiciones F, sino sólo
por ellas más otras condiciones que acompañan ocasionalmente a F. El
azar es una fuerza operativa pero sólo respecto de este último tipo de conexiones,
loóse connexions, condiciones «inusuales» o «flojas», dice Ross
de ellas.
Pues bien, en primer término, puesto que vemos que unas cosas se
originan de la misma manera siempre y otras por lo general, es evidente
que no se habla del azar o de lo azaroso como causa de ninguna de
estas dos cosas: ni de lo que se origina siempre y necesariamente, ni de
lo que se origina por lo general. Pero dado que existen cosas que se originan
también al margen de éstas, y todos los hombres dicen que son
azarosas, es evidente que el azar y lo automático tienen una cierta realidad:
tales cosas sabemos que existen como consecuencia del azar, y
que las consecuencias del azar son tales cosas (Fís. 196 b 10-17).
De un lado, las conexiones en las que no hay lugar por el azar: necesarias
o usuales; de otro, aquellas en las que sí hay lugar para él: inusuales
o flojas. Esta separación se dobla con la que Aristóteles establece entre
las cosas que devienen «con vistas a» (éneka) y las que no, pues las conexiones
entre acontecimientos pueden ser teleológicas o no ideológicas.
Las cosas inusuales, aquéllas que son «al margen de la necesidad y de la
mayor parte de las veces» también pueden estar determinadas teleológicamente,
mas sólo «por accidente».
Aristóteles lo explica con un ejemplo: un hombre al que se adeuda
cierta cantidad de dinero fue a un lugar donde por causalidad encuentra
a su acreedor en el momento en el que éste recibe una cantidad de dinero,
y cobra así la suma que se le debía (cfr. Fís. 196 b 27-197 a 5). De acuerdo
con el análisis aristotélico se trata de un hecho azoroso porque el deudor
no va a ese sitio ni «la mayor parte de las veces» ni «por necesidad». Esta
condición es necesaria pero no suficiente, pues para que el hecho sea azaroso
se exige además que el fin no sea causa en sí mismo, sino «por elección
y según el pensamiento (dianoia)». Estamos ante una determinación
teleológica «accidental», pues el deudor no fue al sitio en cuestión con la
intención de cobrar el dinero, sino por otras causas, dar un saludable paseo,
pongamos por caso. Por lo tanto, la tyché es una causa accidental en
aquellas cosas que implican elección y son «en vistas de». Por esto, concluye
Aristóteles, dianoia y tyché están íntimamente relacionadas entre sí,
porque la elección (que es condición de posibilidad para que haya azar)
exige dianoia. Por otra parte, Aristóteles también señala que la téchne y la
tyché «aluden a lo mismo»:
Y en cierto modo el azar y el arte tienen el mismo objeto, como dice
Agatón: «el arte ama el azar, y el azar al arte» (Et. Nic. 1140 a 20).
Algo más arriba señalaba que hay cosas que siempre acontecen de la
misma manera y otras que la mayor parte de las veces acontecen de la
misma manera; ni unas ni otras caen dentro del ámbito de azar, que
alude más bien a lo que sólo sucede ocasionalmente, que se define por poder
ser o no ser. Los objetos del arte se caracterizan por lo mismo, porque
pueden ser o no ser (Et. Nic. 1140 a 13). Lo mismo les ocurre a los objetos
de la praxis, pero no a los de la ciencia: por esto el azar tienen un lugar en
el ámbito ético y político, pero no en la segunda.
Pero una vez que lo que iba a ser ya es el azar desaparece, porque la
téchne ha impuesto su verdad y le ha conquistado el terreno a la tyché. De
aquí el contraste entre la afirmación de Agatón que Aristóteles hace suya
y otros textos aristotélicos:
La experiencia hizo la téchne, como dice Polo, y la inexperiencia el
azar (Mtf. 981 a 3).
Entre las ocupaciones las más técnicas son aquellas en las que hay
un mínimo de azar (Pol. 1258 b 35-36).
Aristóteles, pues, no sostiene que arte y azar sean lo mismo, sino la
identidad de sus objetos, en la medida eñ que tanto uno como otro presuponen
contingencia: que lo que ahora es en un momento pasado no fue
y pudo no haber sido.
En Física II, 6 se distingue entre el azar y lo automático. Ambos son
formas de la causalidad accidental, aquélla en la que la conexión teleológica
entre acontecimientos no se produce ni necesariamente ni la mayoría
de las veces. Lo automático, sin embargo, abarca más que lo azaroso;
el concepto de tyché es más restringido que el de lo automático, porque el
azar hay que pensarlo en relación con la esfera de la praxis. Señal de ello
es que la felicidad y la buena fortuna o el azar favorable (eutychia) parecen
ser lo mismo:
Pero difieren en que lo automático es más amplio: todo lo que es
fruto del azar es fruto de lo automático, pero no todo lo automático es
azaroso; pues el azar y lo azaroso pertenecen a —y sólo a— las cosas
que son capaces de «ser afortunadas», y en general es actividad racional.
Y un indicio de ello es que la buena fortuna o es idéntica o es cercana a
la felicidad (Fís. 197 b 1-5).
El azar sólo es propio de los seres capaces de acción, que se caracterizan
por poder elegir (bien o mal, esta es otra cuestión de la que me que
ocuparé más adelante). De igual modo, porque cabe elegir ir al agora para
dar un paseo puede surgir el azar favorable, la buena fortuna de encontrar
al deudor y cobrar la suma adeudada. A los seres que no pueden elegir
(piedras, animales,.niños pequeños…) no puede ocurirles nada por
azar, a no ser, matiza Aristóteles, que la palabra tyché se emplee «metafóricamente
», como cuando Protarco decía que las piedras de los altares
eran afortundas pues eran honradas, mientras que las otras piedras era
pisadas por los caminos.
Lo automático, por el contrario, se da en los animales y en muchos
objetos inanimados. En los acontecimientos automáticos la causa está
«oculta», pues no se ve su relación con el fin, y viceversa: su resultado no
alude a la causa. Por ejemplo, cae una piedra y mata a alguien. La muerte
resulta de este acontecimiento; sin embargo, la piedra en su caer no
está orientada a este fin, sino a ocupar el lugar al que tiende por naturaleza.
Decimos, pues, que es «accidental» que la piedra haya matado a alguien,
y tal muerte puede entenderse como un acontecimiento «automático
».
Aristóteles también emplea el concepto de lo automático para referirse
a determinados procesos genéticos de procreación (cfr. De gen. an.
III, 11). En estos procesos intervienen dos principios, el masculino como
principio activo y el femenino como principio material. El masculino es
activo en la medida en que suministra la forma, la cual se produce por calentamiento:
el semen masculino, explica el Estagirita, produce la proporción
necesaria de calor y frío en la materia femenina. De las cuatro
causas que explican la existencia y la especificidad de un ser, tres se deben
al principio masculino, mientras que el femenino, aunque participa
de la generación, no genera él mismo, sino que se limita a proporcionar la
materia que será con-formada en la producción biológica28. El principio
femenino es posibilidad o potencia que encuentra su principio ejecutor en
el macho que fecunda:
La parte no móvil posee una dynamis, y cuando es impulsada por
un agente externo entra en actividad (energeia). Sucede en cierto modo
como con las máquinas que, en cierto modo, son puestas en marcha por
un agente (…). En cierto modo, el impulso contenido actúa como la
téchne de construir una casa (De gen. an. 734 b 10).
De acuerdo con este texto un modelo mecánico explica una génesis
biológica. La posible incoherencia de este planteamiento desaparece tan
28 Cfr. P. Manuli, «Una ginecología filosófica», en S. Campese, P. Manuli, G. Sissa, Madre
Materia. Sociología e biología della donna greca, Torino, Boringhieri, 1983, pp. 112-113.
pronto como se tiene en cuenta que la forma más primaria de reproducción
(propia de los insectos y de algunos peces de los fondos marinos) es
una génesis autómatas. No es una generación exclusivamente matrilineal,
pues también hay implicados dos principios, uno activo y solar y otro pasivo
y terrestre (cfr. De gen. an. 762 a 5-b 17). En este tipo de génesis el
papel del semen como productor de calor lo adopta el cambio de las estaciones,
el cual, por su parte, está condicionado por el curso solar. Ahora
bien, en la medida en que tanto este cambio como el calor solar no están
en modo alguno orientados a la producción de determindos seres
vivos, hay que concluir que son causa sólo accidentalmente y que nos encontramos
ante un acontecimiento automático en su estructura lógica
idéntico al de la piedra accidentalmente asesina: la causa motriz y el fin
no están referidos el uno al otro. En la Metafísica, después de señalar que
«el semen produce como lo que es por azar» añade Aristóteles:
Y las cosas automáticas son aquellas cuya materia puede también
adquirir por sí misma el movimiento que recibe del semen; aquellas
cuya materia no tiene tal posibilidad, es imposible que se generen de
otro modo que a partir de sus progenitores (Mtf. 1034 b 5-8).
En los movimientos automáticos la materia puede ser movida por sí
misma al movimiento que habitualmente pone en movimiento el semen.
Esta aclaración nos acerca al tercer Contexto en el que Aristóteles
utiliza el concepto de lo «automático»: allí donde sólo hay una transferencia
mecánica de movimientos. Volvamos por un momento al proceso
de surgimiento de lo viviente. Lo viviente surge por calentamiento de la
materia; un acontecimiento natural, el calentamiento, «es puesto al servicio
» del fin de la procreación: exactamente lo mismo que sucede con la
piedra que cae accidentalmente y mata a un hombre. Sin embargo, en el
caso de las cosas mecánicas es un arte el que pone un acontecimiento natural
«al servicio de» algo que no es el fin natural de tal acontecimiento:
este «poner al servicio de» es lo característico de la transferencia mecánica
de movimientos.
Los Mechanica Problemata comienzan afirmando que es sorprendente
lo que acontece katá physin sin que se manifieste la causa; y son igualmente
maravillosos los procesos para physin, aquellos que suceden «por
medio de la téchne con vistas a la conveniencia de los hombres». En muchos
casos —continúa argumentando Aristóteles o un discípulo suyo—
hay oposición entre la manera en la que actúa la naturaleza y lo que es
provechoso para nosotros, pues la naturaleza «siempre quiere lo mismo
unidireccionalmente y sin más, mientras que lo provechoso, por el contrario,
varía de muchas maneras». En muchas ocasiones, para obtener lo
provechoso hay que actuar «en contra de la naturaleza»; Aristóteles reconoce
que esta forma de actuar no conforme con la naturaleza es «desasosegante
»:
Si, por tanto, acontece algo para physin, entonces, en virtud de la dificultad,
se presenta una aporía y es menester téchne (Mee. Prob. 847 a
11-18).
Aristóteles denomina «mecánica» (rnéchané) a la parte de la téchne
que presta ayuda frente a estas aporías.
Una de estas dificultades se presenta allí donde a partir de un pequeño
movimiento inicial se produce al final otro movimiento totalmente diferente
en forma, velocidad y dirección. Dicho de otra manera, ese mecanismo
que es la palanca da lugar a una de esas sorprendentes e
incómodas aporías a las que se refiere Aristóteles en las primeras líneas
de los Mechanica Problemata. La causa de ello está en el círculo:
Utilizando estas propiedades del círculo los artesanos construyen un
instrumento de críptico principio, de modo que en los mecanismos
sólo aparece lo sorprendente, la causa, empero, queda oculta {Mee.
Prob. 848 a 34-37).
Como en el caso de la generación automática de vivientes parece
como si fueran las partes del mecanismo las que producen el movimiento
final, pues cada parte del mecanismo, considerada en sí misma, está
orientada a otro fin. En los mecanismos no se ve el principio de la unidad
y conexión del movimiento, pues la causa que está en la raíz de estos
acontecimientos mecánicos está oculta: de aquí que estos sucesos se nos
manifiesten como acontecimientos accidentales que discurren desde sí
mismos, esto es, como «acontecimientos automáticos».
La experiencia muestra que un cuerpo puede mover a otro, así como
que el movimiento resultante depende de la intesidad del movimiento del
cuerpo que mueve y del peso del cuerpo movido. Pero de tal forma que
para que se de movimiento tiene que haber cierta correspondencia entre
estas dos magnitudes. Aristóteles no sabe calcular tal correspondencia, se
contenta con constatarla fácticamente a partir de la experiencia (cfr. Fts.
VII, 5), la cual muestra que para que haya movimiento intensidad y peso
deben ser, al menos, iguales: si dismimuye la primera y aumenta el segundo
no se produce el movimiento. Sin embargo, hay un aparato que vulnera
esta constación empírica, la palanca, pues este mecanismo permite
que una fuerza pequeña mueva un gran peso o que un cuerpo más lento
mueva a otro más rápidamente de lo que él mismo se mueve; la palanca,
en definitiva, mueve a los cuerpos «en contra de la naturaleza», la engaña,
pues dejando que un cuerpo se mueva según su naturaleza, lo pone en conexión
con otros cuerpos de suerte que el movimiento natural se convierte
en un movimiento proyectado por el hombre: en la medida en que el
cuerpo aspira a su fin, en realidad «está al servicio de» un fin proyectado
por el hombre; algo que por naturaleza se mueve «unidireccionalmente y
sin más» acaba moviéndose «con vistas a la conveniencia de los hombres
»29. ¿Qué téchne es ésta que permite alumbrar procesos para physin?
En los Mechanica Problemata Aristóteles quiere probar que allí donde
se verifican estos movimientos contrarios a la naturaleza se utiliza la
palanca y que la fuerza motriz de la palanca descansa en la estructura del
círculo (cfr. Mee. Prob. 848 a 16). Por tanto, puede concluirse que la
téchne que engaña a la naturaleza es la geometría. Por otra parte, el
hombre conoce la palanca a partir de la experiencia. Así pues, en un primer
momento nos encontramos con un saber meramente experiencial,
pero que ahora es fundamentado universalmente por medio de un saber
de tipo matemático. Y precisamente por esto la mecánica es una téchne.
Pero se trata de una téchne sumamente peculiar pues, por una parte,
está al servicio de la solución de determinadas tareas; por otra, en la medida
en que la geometría descubre cómo poner en relación los movimientos
de los cuerpos para que éstos, aspirando a su fin natural, estén al servicio
de los fines del hombre, la mecánica, liberándose de su servidumbre,
puede convertirse en hilo conductor para el descubrimiento de tipos de
movimiento que no están dados en la naturaleza. El caso límite de este
tipo de movimiento no dado en la naturaleza y que, sin embargo, podrá
ser alumbrado por la mecánica (en tanto que saber en cuya raíz está el saber
del círculo) sería el automatismo total. Si la mecánica alumbrara este
extraño y asombroso movimiento no habría distinción entre lo que es
por téchne y lo que es por physis, pues la totalidad de la realidad (tanto
«natural» como «artificial», distinción esta que ahora sería superflua)
tendría el principio del movimiento en sí misma: en las cosas mecánicas
quedaría superada la distinción entre cosas artificiales y cosas naturales
Ciertamente, esta idea desborda los límites de los planteamientos físicos
y metafísicos aristotélicos. Sin embargo, de la investigación que
realiza Aristóteles (o un miembro de su escuela) sobre la palanca en los
Mechanica Problemata pueda inferirse que incluso esta idea del automatismo
total fue vislumbrada en alguna medida. Pero regresemos a los
movimientos estrictamente naturales, ahora a aquellos que tienen su origen
en el alma, que es «principio» de movimiento.