Canónica
La canónica está muy ligada con la física; es una especie de propedéutica,
que frente a la lógica entendida como estudio formal de los tipos
de silogismo, de las normas del razonamiento deductivo, etc., enseña las
bases elementales del proceso mediante el cual se accede a lo real y se distingue
lo verdadero de lo falso. Al considerar el alma como un agregado de
átomos diluido por todo el cuerpo, Epicuro unifica y simplifica el mecanismo
de la sensación y del conocimiento; desde este punto de vista que
rechaza los dualismos «alma/cuerpo» y «sensación/intelección», Epicuro
distingue tres criterios de verdad: la sensaciones (aistheseis), las afecciones
(pathé) y las preconcepciones o prenociones (prolépseis). A estos tres criterios,
los epicúreos añadieron un cuarto: la proyecciones imaginativas del
entendimiento (phantastikaí epibolaí tés dianoías) (Cfr. D. L. X, 31). «El
mecanismo que sustenta lo que podríamos llamar la epistemología epicúrea
—escribe Emilio Lledó6— se construye sobre los límites estrictos de
la corporeidad. No hay criterios metafísicos o apriorísticos que justifiquen
el proceso de conocimiento. Epicuro resalta continuamente la primacía
de los sentidos como elemento psicológica, genética y epistemológicamente
imprescindible en el camino del conocimiento».
5 A. A. Long, La filosofía helenística, Madrid, Alianza Universidad, 1975, p. 30.
6 El epicureismo. Una sabiduría del cuerpo, del gozo y de la amistad, Barcelona, Montesinos,
p. 89.
Entendidas como el testimonio inmediato de los sentidos las sensaciones
siempre son verdaderas: son el primer criterio de verdad y en tanto
tal es irrefutable; los restantes se fundamentan sobre ellas. La sensación
es una afección: algo pasivo que exige la presencia del objeto que la
produce; por otra parte, es producto y garantía de la misma estructura
atómica de la realidad. En tercer lugar, es irrefutable por que nunca se le
puede oponer ni otra sensación homogénea (porque tendría el mismo valor),
ni otra sensación heterogénea (porque se referiría a otro objeto), ni la
razón (porque ésta depende de la sensación y no viceversa). Diógenes Laercio
(X, 329) lo resume con claridad:
No puede una sensación homogénea refutar a otra, pues tanto la
una como la otra tienen el mismo valor […]. Ni siquiera la razón puede
hacerlo, pues todo razonamiento depende de la sensación […]. El hecho
de que hay algo debajo de lo que percibimos, nuestro sentimiento de la
percepción, confirma la veracidad de los sentidos. Es un hecho que vemos
y oímos, igual que también sentimos dolor. Por consiguiente, hay
que partir de los fenómenos para llegar a lo que se oculta tras ellos.
Todo nuestro mundo intelectual tiene su origen en la sensación, por incidencia,
analogía, semejanzas, uniones, e interviniendo también, en
parte, un proceso discursivo.
La representación de los objetos toma pie en las impresiones recibidas,
cuya validez requiere confirmarse por la claridad y por la ausencia de
contradicciones: de los objetos se desprenden las imágenes, constituidas
por átomos sutilísimos, los cuales, formando una especie de efluvio,
alcanzan la sensibilidad del sujeto cognoscente. Los sentidos recogen estas
imágenes y surgen así los datos de los sentidos, que son la materia de
todo juicio mental superior. Epicuro también acepta una segunda clase
de «imágenes» que no proceden de las emanaciones de objetos reales,
sino que se forman autónomamente por amontonamiento de átomos físicos.
Estos átomos, siendo huecos en su interior, se mueven con increíble
velocidad y no penetran por los órganos de los sentidos, sino por los poros
del cuerpo, llegando al lugar donde reside el pensamiento, siendo así
percibidos inmediatamente por nuestro espíritu y provocando en él determinadas
representaciones.
Las afecciones son las respuestas inmediatas (de placer o de dolor) del
sujeto ante las sensaciones; no informan sobre la naturaleza del mundo
exterior, sino que sugieren qué acciones realizar y cuáles evitar: realizar
las que proporcionan placer y evitar las que causan dolor. Constituyen un
criterio en tanto que lo placentero es verdadero y lo doloroso falso, pues
lo primero es natural y lo segundo antinatural. Así como las sensaciones
constituyen el material de la vida intelectual, las afecciones conforman el
material con el que se edifica la vida moral.
Las preconcepciones son una imagen mental o un concepto general
producido por el recuerdo de impresiones sensibles repetidas de un determinado
objeto. Son como ideas generales, el conjunto material por el
que organizamos e interpretamos las sensaciones; suponen la fijación
mental, en un proceso memorístico, de algunos rasgos de los objetos
dado por los sentidos. Se trata, por tanto, de un producto de experiencias
particulares anteriores, aunque luego sea previo a otros actos de conocimiento:
formada a partir de impresiones sensibles, la preconcepción precede
a modo de imagen o molde mental a reconocimientos sucesivos. Son
así condición de posibilidad del conocimiento científico y de la comunicación
por medio del lenguaje, en la medida en que constituyen la raíz de
los juicios que dan lugar a las opiniones, que pueden ser verdaderas o falsas
(las opiniones, no las preconcepciones, que lejos de poder ser falsas
son criterio de verdad).
El error o la falsedad surgen al referir una preconcepción a una apariencia
sensible inadecuada, o bien al emplear palabras que significan
una imagen que no se corresponde con el objeto actualmente designado.
La causa de ello es la ambigüedad de algunos términos, que surge al
asociar falsamente preconcepciones y sensaciones y dar lugar de este
modo a un falso predicado. Por esto Epicuro recomienda prestar gran
atención al uso de las palabras en su acepción primaria; él creía poder
distinguir dos tipos de investigaciones, las que se refieren a las cosas y las
que lo hacen a la dicción, y decía poder desentenderse con facilidad de
este segundo tipo de investigación.
En primer lugar conviene ser consciente, Heródoto, de lo que denotan
las palabras, para que en los temas sujetos a opinión o que se investigan
o se discuten, podamos emitir juicio refiriéndonos a sus designaciones,
y al hacer una demostración, no se nos vaya todo confuso
al infinito, o nos quedemos con palabras vacías. Es preciso, pues, que en
cada vocablo atendamos a su sentido primero y que no requiera explicación,
si es que hemos de tener un término al que referir lo que se investiga,
se discute o es objeto de opinión (Carta a Heródoto 38).
Esta dificultad indica que las preconcepciones no sólo deben ser claras,
sino que para ser fiables han de estar confirmadas, es decir, hay
que confirmar que referimos la preconcepción a la experiencia sensible
adecuada y que utilizamos el lenguaje correctamente.
Vayamos ahora por un momento a los dos conceptos fundamentales
de la física de Epicuro: átomos y vacío. ¿De dónde derivan? ¿Por cuál de
los criterios llegamos a su conocimiento, pues no son ni sensaciones, ni
afecciones, ni preconcepciones? ¿Es incapaz la canónica de justificar los
conceptos fundamentales del atomismo? A resolver esta dificultad se
encamina el cuarto criterio introducido por los epicúreos: las proyecciones
imaginativas del entendimiento. Con ellas se refieren a un determinado
momento en la última etapa del proceso cognoscitivo, mediante
el cual la inteligencia puede «proyectar» la existencia de algo no atestiguado
por las sensaciones, como es la existencia de los átomos y el vacío.
Ciertamente, el estatuto epistemológico de las proyecciones imaginativas
del entendimiento parece ser excesivamente ad hoc, aunque también
puede tratarse del producto de un razonamiento por analogía, como
sugiere Lucrecio.
Canónica
Published on Abril 17, 2008
in Grecia y el helenismo.
Tags: alianza, alma, barcelona, distingue, epicureismo, epicuro, los sentidos, madrid, montesinos, punto de vista, silogismo, testimonio.











