Átomos y vacío
La física de Epicuro es esencialmente democriteana, si bien introduce
algunas modificaciones con el objeto de defender al atomismo de las
críticas que había recibido (particularmente aristotélicas), así como para
integrarlo en su propia concepción filosófica, dentro de la cual es fundamental
la perspectiva ética.
Epicuro parte de que nada surge de lo no existente (pues de lo contrario
cualquier cosa podría generarse a partir de cualquier otra sin necesidad
de ningún germen) y de que nada se destruye en el no ser (en sentido
fuerte, ouk on), pues si esto fuera así nada existiría ya que tampoco
existiría aquello en lo que se disuelven las cosas que cesan de ser (ahora
en sentido débil, me on). Si nada surge de lo no existente, ni nada se destruye
en el no-ser, hay que concluir que el todo o la realidad en su totalidad
(id pan) fue siempre y será siempre como es ahora.
Y si lo que desaparece se destruyera en la nada, todas las cosas habrían
perecido, al no existir aquello en lo que se disolvían. Desde luego
el todo fue siempre tal y como ahora es, y siempre será igual. Porque
nada hay en lo que vaya a cambiarse. Pues al margen del todo no hay
nada en lo que pudiera ir a parar en su cambio. Por lo demás, el todo
consiste en átomos y vacío. Pues la existencia de cuerpos la atestigua la
sensación en cualquier caso, y de acuerdo con ella le es necesario al entendimiento
conjeturar lo imperceptible, como ya antes he dicho. Si no
existiera lo que llamamos vacío, espacio y naturaleza impalpable, los
cuerpos no tendrían dónde estar ni dónde moverse, cuando aparecen en
movimiento. Más allá de esto nada puede pensarse, ni por medio de la
percepción ni por analogía con lo percibido, en el sentido de que posea
una naturaleza completa, que no sea predicado de esto como propiedades
o accidentes de las cosas (Carta a Heródoto 39-40).
El todo está formado por cuerpos (tal y como lo atestigua la sensación)
y por vacío (cuya existencia se infiere por el hecho de que existe el
movimiento), y es infinito, pues si fuera finito tendría límites. Ahora
bien, teniendo en cuenta que al margen del Todo no se percibe nada, el
Todo no puede tener límites, pues entonces existiría el Todo y lo que lo limita,
lo cual resulta contradictorio. Si el Todo es infinito, también lo serán
sus dos principios constitutivos: átomos y vacío. Los cuerpos, por su
parte, son compuestos y son los elementos de los que se forman los compuestos;
estos elementos son indivisibles (porque de lo contrario podrían
dividirse infinitamente hasta disolverse en el no-ser) e inmutables (no admiten
cambios internos). Los cuerpos compuestos, por el contrario, se generan
(átomos que se unen) y se corrompen (átomos que se disgregan o
se separan): dejan de ser en sentido débil.
De acuerdo con Epicuro (y en este punto comienza a separarse de Demócrito)
los átomos tienen tres características estructurales, forma o figura,
peso y tamaño:
Además hay que pensar que los átomos no poseen ninguna cualidad
de los objetos aparentes a excepción de figura, peso y tamaño y cuanto
por necesidad es congénito a la figura. Porque cualquier cualidad se
transforma, mientras que los átomos no se alteran en nada, puesto que
debe quedar algo firme e indisoluble en las disgregaciones de los compuestos,
algo que impida los cambios al no ser o desde el no ser, sino
que éstos sean sólo por trasposición de elementos en muchos casos y
por añadidos y sustracciones en otros {Carta a Heródoto 54).
Frente a Demócrito, que admitía la infinidad de tamaños, Epicuro
sostiene que los átomos tienen distintas envergaduras, pero no infinitas,
ya que ningún átomo puede llegar a ser perceptible por los sentidos. Por
otra parte, los atomistas antiguos no admitían el tamaño como característica
originaria, sino que la englobaban dentro de la forma entendida
como rusmós, concepto que indica la idea física de masa y la dirección dinámica
del átomo. Para Epicuro, por el contrario, la forma es skéma, que
apunta más bien a la forma ontológica estática (por esto puede prescindir
de la características de orden y posición). Para facilitar su combinación y
entrelazamiento en los sistemas atómicos que forman los cuerpos, los átomos
tienen distintas formas, en sentido cuantitativo, no cualitativo (pues
todos los átomos son de la misma naturaleza).
Si los átomos tienen tamaño y forma podrán distinguirse en ellos
partes, pero no separables ontológicamente, sino sólo lógica e idealmente
distinguibles. Al margen de su tamaño existen en ellos unas partes
mínimas (tó elákiston) que responden a un mínimo espacial. Los ato198
mos estarían compuestos por estos mínimos sólo separables lógicamente.
Epicuro, pues, distingue entre la divisibilidad matemática y la capacidad
física de ser dividido, para responder a ciertas dificultades planteadas por
Aristóteles (Cfr. Carta a Heródoto 56-59).
Finalmente, los átomos tienen peso que les impulsa a caer y a moverse
hacia abajo: por ello están en continuo movimiento; incluso dentro de
los mismos compuestos atómicos mantienen una especie de vibración interior.
La existencia del vacío es condición de posibilidad del movimiento
de los átomos, pues hay que presuponer un espacio que los acoge y les
permite reunirse y disgregarse. Epicuro explica las características estructurales
del vacío por antítesis respecto de los átomos: el vacío frente al
lleno (de ser), naturaleza intangible frente a naturaleza tangible, sin capacidad
de hacer o padecer (pues estas son prerrogativas de la corporeidad),
incorporeidad frente a corporeidad (pues si el vacío fuera corpóreo,
los átomos no podrían moverse a través de él).
A partir de estos elementos estructurales Epicuro explica el nacimiento
del cosmos como el resultado de choque de átomos que hace
que se origine una vorágine que en su día dio lugar al mundo. Aunque los
átomos caen hacia abajo en líneas verticales entrechocan entre sí porque
en su trayectoria se producen desviaciones espontáneas. Lucrecio lo explica
del siguiente modo:
: Deseo también que sepas, a este propósito, que cuando los átomos
caen en línea recta a través del vacío en virtud de su propio peso, en un
momento indeterminado y en indeterminado lugar se desvían un poco,
lo suficiente para poder decir que su movimiento ha variado. Que si no
declinaran los principios, caerían todos hacia abajo cual gotas de lluvia,
por el abismo del vacío, y no se produciría entre ellos ni choques ni golpes;
así la Naturaleza nunca habría creado nada (III, 216-224).
En todo este proceso no interviene ni la divinidad ni la necesidad, no
hay teleología, sino que el kosmos, como quiere Lucrecio (IV, 824-842)
es producto de azar. En el De Finibus (I, 6, 17-21) Cicerón objetó la puerilidad
de imaginar un desvío fortuito que ponga en contacto a los átomos,
y que si el desvío fuera realmente incausado, significaría el fin de
toda ciencia física, cuya obligación es determinar la causa de todos lo
fenómenos. Cabe responder que Epicuro estaba más preocupado por el
hombre que por la naturaleza: deseaba preservar una libertad que no
cabía dentro del rígido determinismo del atomismo antiguo. En este
sentido, la teoría del parénclesis o desviación espontánea de los átomos
adquiere una importancia fundamental, pues esta espontaneidad interna
que se concede a los átomos se revela muy útil en la defensa de la
libertad de los individuos, los cuales, a fin de cuentas, no dejan de ser
un compuesto de átomos, que sin embargo puede de esta manera escapar
del rígido determinismo natural. Mientras que el atomismo de Demócrito
está orientado a dotar de un fundamento seguro a su concepción
de la naturaleza, el de Epicuro se dirige a ofrecer un fundamento a
su ética, como se desprende de su concepción del conocimiento científico.











