Anaxímenes
Como principio de todas las cosas Anaximenes puso al aêr («aire»,
«niebla», «vapor»…) que al igual que el apeiron de Anaximandro es ápeiros:
eterno e ilimitado. Pero entre el primero y el segundo hay una dife
rencia importante y significativa: el aêr no sólo abarca la totalidad del kosmos
(como sucede con el apeiron), sino que también está presente en él.
En sentido estricto, Anaximandro no ofrece una explicación, sino una
descripción por analogía. Anaxímenes, por el contrario, quiere explicar y
para ello introduce un concepto fundamental: el de transformación.
De acuerdo con Anaxímenes el aêr se transforma por condensación
y rarefacción. El ímpetu especulativo de Anaximandro (o, como decía
Teofrasto, la utilización de «términos más propios de la poesía») cede
paso a la observación:
Anaxímenes de Mileto, hijo de Eurístrato, que llegó a ser compañero
de Anaximandro, postula también él una naturaleza subyacente única
e indefinida como aquél, pero no inconcreta, como él, sino concreta;
la llama aire. Dice asimismo que se hace diferente en cuanto a las sustancias
por rarefacción y condensación; esto es, al hacerse más raro, se
vuelve fuego, pero al condensarse, viento, luego nube, y aún más, agua,
luego tierra, luego piedras y lo demás a partir de estas cosas. En cuanto
al movimiento por el que se produce también el cambio, él lo hace
igualmente eterno (Simplicio, Física 24-26 = A 5).
A diferencia de Tales y Anaximandro, Anaxímenes no quiere explicar
las cosas sino el mecanismo de su cambio, dando da cuenta de él por referencia
a un único principio que se transforma. En el plano de la «verdadera
realidad» todo es aêr más o menos condensado: el aêr mínimamente
condensado (o lo que es lo mismo: en su grado máximo de
rarefacción) es fuego; cuando está condensado, por así decirlo, a medias
es agua, nubes y lluvia; y cuando está máximamente condensado es
tierra y piedras. Dicho directamente: una cosa es la materia y otra su estado;
y los estados de la materia, por su parte, se diferencian entre sí
cuantitativamente: no en términos de cualidades, sino en términos de
más o menos (condensación o rarefacción).
Pero Anaxímenes no es un físico moderno: la elección del aêr así lo
pone de manifiesto. Pues estos primeros pensadores ofrecen explicaciones
que guardan una analogía más o menos estricta con su vida cotidiana y
con aquello que les rodea. En efecto, el «aire» es un elemento particularmente
abundante y sin el cual no es posible la vida: gracias a él respiramos
y es así, en cierto sentido, vida o al menos un elemento vivificador de
las cosas. El aire de Anaximandro, como el agua de Tales, sigue siendo
una realidad «divina».
El interés por la arché y por la physis que ponen de manifiesto los pensadores
milesios coagula en una preocupación cosmológica objeto de
investigación sistemática y que representa la herencia de cosmogonías an-
teriores. Pero en el caso de Tales, de Anaximandro y Anaxímenes, la cosmogonía
ya no aparece enlazada con una teogonia, sino que intenta presentarse
(en un principio de forma vacilante, al final de manera más clara
y decidida) como una «física», como una explicación racional de la
physis. Y quizá sea este, al margen de los intentos de solución, el mayor
mérito de estos pensadores: aunque apoyen sus reflexiones en imágenes
más o menos gráficas y plásticas comienzan a darse cuenta de que la realidad
puede comprenderse conceptualmente; esto presupone, en primer
lugar, que hay una regularidad en lo real (que el universo es kosmos) y, en
segundo lugar, que pese a su diversidad el conjunto del universo tiene
mucho en común, puesto que de lo contrario no podría abarcarse desde
la elevada generalidad de unos pocos principios. Hoy en día apenas podemos
imaginar el enorme esfuerzo de abstracción que encierran las
fórmulas, sólo aparentemente sencillas, con las que los milesios intentaron
dar cuenta de la realidad.











